Sociedad País

Derrota propia

Nota escrita por Diego Valeriano en Revista Panama

Levantar la persiana todos los días, ponerle onda, ganas, plata, tiempo, vida. Sentir que todo se desmorona, negarlo. Negarlo de nuevo. No dormir por miedo a no levantarla más. No, está vez no, otra vez no. Caer en una financiera, achicarte en gastos, empezar a dejar deudas, cambiar de proveedores. Estar irritable, imposible, sin dormir. Seguir proyectando más allá de la realidad. Negarla.

Un negocio, una pyme, tu emprendimiento no es un hijo, es peor. “¿Y ahora?”, se pregunta mientras se toma el segundo termo de mate. Ya en la casa no hay nadie. Los chicos en la escuela, Monica en la municipalidad. “¿Y ahora?”. Durante 20 años a esta hora estaba abriendo el negocio y de repente no, y de repente no tiene adónde ir. Y las cajas se amontonan en el living, el pasillo y la cocina.

Negarlo de nuevo. Por ahí le estoy errando en algo. Por ahí no la estoy viendo. Poner ofertas, hacer promos, despedir empleados, hacer otros reels, alquilar un local más chico. Frustrarse. Negarlo, culparse, no dormir en toda la noche y no poder levantarse a la mañana.

No hay estudio del Conicet, ni taller experimental, ni libro de Caja Negra, ni tuit de Galperín o programa de streaming que explique el desmoronamiento anímico que envuelve a una familia cuando cierra su pequeña pyme que les marcó la vida durante veinte años.

No hablarlo, no contarlo, comerte la angustia de estar viviendo esta derrota que es solo tuya. Nadie lo entiende, nadie entiende. Nadie te entiende. Porque la crisis, porque los costos son imposibles. porque el dólar barato, porque las importaciones, porque no hay un mango, porque entendés todo, pero no podés compartirlo con nadie. No querés joder a tu familila, no le importa a la que te alquila el local, no hay grupo de ayuda, solo wasaps con reclamos y malas noticias.

Nadie te regaló nada y ahora no tenés nada, o sí, tenés deudas, tristeza, vacío. Porque fue un esfuerzo enorme abrirlo, poner el negocio de pie, aprender, equivocarse, volver a aprender, pasar la pandemia, subsistir. “¿Y ahora?” Por tu culpa, por tu santísima culpa. Es un esfuerzo enorme cerrarlo, que los bancos, que ARCA, que las deudas, que esa tristeza infinita de lo que fue y no pudo seguir siendo. La catástrofe económica explica, pero no te quita la angustia de esta derrota. Derrota propia y solitaria. Y obvio que nadie te regala nada…

¿Quién politiza el malestar familiar del cierre de un comercio? No hay estudio del Conicet, ni taller experimental, ni libro de Caja Negra, ni tuit de Galperín o programa de streaming que explique el desmoronamiento anímico que envuelve a una familia cuando cierra su pequeña pyme que les marcó la vida durante veinte años. La politización acá no es una coartada infalible. No funciona como un hechizo o un truco de magia.

Negarlo de nuevo. Por ahí le estoy errando en algo. Por ahí no la estoy viendo. Poner ofertas, hacer promos, despedir empleados, hacer otros reels, alquilar un local más chico. Frustrarse. Negarlo, culparse, no dormir en toda la noche y no poder levantarse a la mañana.

La cabeza que no para, las preguntas que se amontonan (¿en qué le erré? ¿cómo sigo?). En el termo tiene un sticker del negocio, los había hecho para el mundial de Qatar, como mil había hecho. No puedo llegar a su octavo mundial con el negocio abierto. Siente que decepcionó a su viejo. Busca en el celu la foto que se sacaron todos, incluido él que ya estaba en las últimas, cuando se mudaron a un galpón más grande. Sonríen, parecen con ganas.

Toma mate, tiene la casa llena de cajas del negocio, tiene que poner todo a la venta en Mercado Libre o Marketplace, pero hoy no tiene ánimo; la mirada se pierde por el ventanal, en el pasto del patio que después de los días de lluvia va a tener que cortar. Pero hoy no. Hoy no tiene ánimo. (23-04-26).

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