Último Bondi

Nota de Fernando Rosso en Panamá Revista
Murió el Indio y algo de nuestra educación sentimental queda a la intemperie. Se va una voz única y un músico talentosísimo, pero también se apaga una forma de haber sido jóvenes cuando el país comenzaba a parecerse demasiado a una promesa rota.
Los Redondos fueron una patria ambulante, con sus códigos, sus santos paganos, sus rutas, sus banderas, sus mártires, sus combatientes, sus micros saliendo de madrugada desde el fondo del conurbano. Y esa liturgia que se repetía siempre y que nunca era la misma. Un país dentro del país. Una ciudadanía paralela para los que no encontraban ciudadanía en ninguna parte.
No era solamente rock del país. Era una manera de leer el mundo, con desconfianza hacia todo lo que se mostraba demasiado seguro de sí mismo, hacia los lenguajes domesticados, hacia esa normalidad argentina que tantas veces pidió obediencia a cambio de casi nada. En la voz del Indio había ironía, amenaza, ternura, delirio, lucidez y una ilustración torcida: no explicar demasiado, pero dejar una imagen clavada como una astilla. Un pibe podía no tener teoría, pero entendía perfectamente el futuro que llegó hacía rato.
Cuando la democracia de la derrota ya administraba desencanto, Los Redondos fueron también una trinchera. No nos salvaban de nada, pero nos daban un idioma para no resignarnos. Había que juntar monedas, conseguir entradas, grabar casettes, fotocopiar tapas, discutir letras como si ahí hubiera una clave secreta del mundo. Y tal vez la había: una invitación a sospechar de todo lo que venía demasiado prolijo, demasiado obediente, demasiado oficial o demasiado evidente.
En los años en que el país se transformaba en una caricatura de sí mismo, esa multitud ricotera parecía decir otra cosa. No siempre sabía qué, no siempre podía formularlo, pero lo llevaba en el cuerpo. Era una comunidad plebeya, contradictoria, excesiva, muchas veces indescifrable. Allí donde otros veían desborde, había también una forma de pertenencia. Allí donde otros veían masa amorfa, había biografías heridas buscando un lugar donde reconocerse.
Por eso el Indio fue más que un cantante. Fue, para muchos, una voz de fondo de la crisis argentina. Algo más interesante que la voz pura de una conciencia transparente: una voz llena de pliegues, capaz de ponerle música al desencanto sin transformarlo en rendición. Una voz que acompañó derrotas, viajes imposibles, amistades, amores, trabajos perdidos, madrugadas en estaciones, generaciones que aprendieron que la alegría también podía tener los dientes apretados.
Después vinieron las desilusiones, las discusiones, las sombras. Porque los ídolos también envejecen, también se contradicen, también quedan por debajo de aquello que ayudaron a encender. A todos nos espera alguna forma de crepúsculo. Pero cuando una obra toca la época deja de pertenecerle del todo a quien la hizo. Pasa a vivir en los que la cantaron, en los que viajaron, en los que poguearon en el pogo más grande del mundo y encontraron ahí una primera forma de pensamiento crítico, de rebeldía, de pertenencia.
¿Qué era esa multitud inspirada en el Indio Solari? ¿Una fuga, una tribu, una nación sentimental, una protesta sin programa, una fiesta contra la intemperie? Tal vez un poco de todo eso. Tal vez su potencia estaba justamente en no dejarse ordenar del todo. En un país donde tantas instituciones prometieron comunidad y devolvieron soledad, Los Redondos inventaron una escena donde miles podían sentirse parte de algo.
Por eso esta tristeza es extraña. Es la melancolía de una generación que despide una parte de sí misma: la que creyó, aunque fuera por una noche, que en medio del barro podía levantarse una comunidad. Una comunidad hecha de canciones, de rutas, de cuerpos chocando, de frases que pasaban de boca en boca como si fueran consignas privadas. Una comunidad sin estatuto ni doctrina cerrada, pero con una certeza: no todo debía ser aceptado tal como venía.
Hoy suena el Indio y no suena igual. Suena más lejos. Suena como yéndose. Como desde una ruta vacía, al amanecer, cuando el micro vuelve y nadie habla demasiado. Pero algo queda. Una chispa, una contraseña, una vieja obstinación: no entregar del todo aquello que alguna vez nos hizo sentir vivos. (07-06-26).



