Política

Los votos son poder, pero no compran el futuro de nadie / Escribe Carlos Madera Murgui

Con la razón de las palabras de Joseph Conrad quisiera explicar mis intenciones al dirigirme a ustedes, como lo hacemos desde hace tantos años quienes integramos este medio.

“Mediante el poder de la palabra quiero hacerlos oír, sentir y, ante todo, hacerlos ver. Nada más y todo eso. Si lo logro, ahí encontrarán, según sus propios méritos, ánimo, consuelo, miedo, hechizo; todo lo que exigen y quizá también ese atisbo de verdad que se olvidaron de pedir”, inmortalizó Conrad.

Una puesta en escena a contramano de muchos oyentes o lectores que eligen la abstracción, la vaguedad y el tiempo muerto por sobre la contundencia de las acciones que deberán llegar, claro, pero más adelante y sin avisar.

En 1935, Leonard Keeler realizó el primer test con el detector de mentiras construido por él mismo. Se trataba de un polígrafo capaz de medir y registrar variables fisiológicas mientras se formulaba al investigado una serie de preguntas, con el fin de averiguar si mentía.

Las preocupaciones diarias —y no hablo del país en general, sino de las personas con las que convivimos a diario— parecen pasar por las colas para conseguir entradas del espectáculo musical de moda, aun con mal tiempo y lejos de sus casas; o por los nuevos participantes de Gran Hermano; o por el último video de TikTok; o por un nuevo brote psicótico del Presidente.

La realidad cotidiana les advierte que nada tiene que ver con la de ellos. Y la insustancialidad del resto —ya ni siquiera hablando de su valioso tiempo, del cual sí deberían ser advertidos— podría finalmente llevarlos a cambiar. “Dichosos los inocentes”, decía Voltaire.

No se trata, ciertamente, de abandonar o subestimar la importancia de los medios como territorio obligado del acontecer cotidiano. Ese es un proceso que atraviesa al mundo entero, incluso en lo político, y no constituye una especificidad argentina.

La realidad mediática ha pasado a reglar nuestros días desde todos los ángulos. El papel de árbitros decisivos avanza descaradamente, hasta determinar incluso aquello por lo que debemos preocuparnos a diario.

En esta nueva etapa del país existe un desafío muy interesante: repensarnos la vida, algo poco moderno a la luz de todo lo explicado. Hay un rediseño pensado hacia una mejor calidad de vida de la sociedad, aunque con paciencia, teniendo en cuenta que las condiciones actuales generan amenazas que seremos capaces de afrontar o reclamar, según el caso, desde nuestro propio entendimiento.

También existen quienes se apoyan en lo destemplado de la opinión del Presidente de la Nación, para quien todo aquel que piensa distinto es corrupto, ladrón o deshonesto, olvidando además sus obligaciones de explicar sus acciones como primer mandatario.

Naturalizar sobreactuaciones y excesos como rasgos de autenticidad es, sencillamente, renunciar a las formas que constituyen las normas básicas de la civilización.

Cuando no nos gusta una acción del Gobierno y la criticamos en casa, en la barra de un bar o en una columna de opinión, ejercemos un derecho. La libertad de conciencia y de expresión es uno de los pilares de la democracia moderna.

Sin embargo, puede generar desasosiego cuando ese poder se limita a un simple pataleo, sin capacidad efectiva de cambiar las cosas. Los medios masivos detentan hoy una representación dominante, a la que se suma la faceta moderna y desbordada de las redes sociales.

“El Estado debe conceder a cada uno pensar lo que quiera y decir lo que piensa”, afirmaba ya en 1670 Baruch Spinoza. Pero también dejó en claro que eso no impide que quienes ostentan el poder sean quienes determinen qué es lo justo y lo injusto.

No perdamos, por lo tanto, esas ganas de “quejarnos” en aras del bien común, aunque a veces pensemos que no sirve para nada.

Se pueden acumular muchos votos; no es la primera vez que sucede. Pero lo verdaderamente importante es gobernar todos los días. Y así como los gobiernos viven en campaña permanente, la opinión pública evalúa diariamente a sus gobernantes.

Los votos son poder, pero no compran el futuro de nadie.

La oposición, en el orden nacional, ha desempeñado un papel flojo durante los últimos años y no ha logrado establecer vínculos sólidos con la sociedad. Hubo en el país —decía— una enorme expansión de fuerzas sociales de todo orden, que renacieron alrededor de sus derechos y llegaron para quedarse.

El actual gobierno y sus aliados, en cambio, parecen haber permanecido ciegos, inmersos en un círculo vicioso del que no pueden salir. No poseen capacidad expansiva hacia una sociedad que, en gran medida, desconocen, ni comprenden los vaivenes que atraviesan a la comunidad en general, aunque éstos siempre terminaron manifestándose popularmente de una u otra manera.

Solo algunos arietes mediáticos —cada vez menos— continúan, en legítimo derecho, no solo analizando y opinando libre y profesionalmente, sino también operando desde inexactitudes demasiado evidentes, que difícilmente superarían el invento del policía de Chicago, aunque los métodos de entrenamiento hayan evolucionado incluso más rápido que algunos gobiernos. (14-05-26).

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