La selfie es la línea

Nota de Diego Valeriano en Panamá Revista
Hay un excesivo uso de la selfie por parte de los libertarios; casi que es un sello de legitimidad de esa fuerza política.
Hay selfies de Milei haciendo caritas; de Spagnolo y Espert en la intimidad de un almuerzo; algunas de Lila beboteando; muchísimas de Adorni mostrando esa gracia natural que le es esquiva.
También están las selfies de Laje y Márquez con otros chabones en autos, siempre con otros chabones, siempre en autos; transmitiendo ese ambiente de camaradería que construyen yendo a dar la batalla cultural por todo el país. Los imagino recorriendo las rutas argentinas, tomando café en las YPF, sacándose fotos, parando en hoteles de una estrella, compartiendo habitación, preparando sus discursos durante la madrugada, dándose los ánimos necesarios. ¿Hay selfies en esos hoteles?
Es casi imposible salir bien en una selfie. Adorni lo sabe y poco le importa, porque lo que importa es quién dice: “Vamos a sacarnos una foto”. Él tiene ese poder y todos se ponen mirando a cámara de esa manera ridícula. Adorni adelante, en primer plano; los demás detrás, haciendo lo que él les dice: “Digan Karinaaaa”, y todos sonríen.
—¿Cómo salió? —pregunta un ministro. Adorni apenas contesta: la está editando para salir un poco mejor.
La selfie es un elemento de poder en el universo libertario; también puede ser un elemento de extorsión, a veces una prueba de amor en ese mundo distópico, ajeno, ridículo.
Lo ridículo es la línea.
Hay una selfie de Milei y Bullrich en la quinta de Olivos: él con chaleco y anteojos, haciendo trompita como solo él puede hacer; ella con esa sonrisa que ponés cuando estás sacando la selfie y le errás al botón de la cámara. Querés mirar a cámara, querés encontrar el botón, querés sonreír; no hacés bien nada. El resultado es una sonrisa a medias, una mirada que no mira del todo. Nada de esa foto está bien y, sin embargo, ella la publicó; él la cita; ella la retuitea.
La selfie es la línea.
El kicillofismo tardío es más de foto en despacho haciendo que trabaja: mate, cuadro de Perón, charla entre funcionarios en camisa o polera. El cristinismo ricotero es más de foto en la marcha del 24, con los dedos en V y remera con frase. El PRO de hoy es muy de colarse en las fotos de otros.
¿Cuántas selfies en el espejo mandaste de las que te arrepentís? El poder de la selfie es aguantar el ridículo; el poder del libertarismo es no temerle al ridículo. Lo abraza, lo exprime, lo hace carne. Impregna de ridículo todo lo que toca.
El poder es ridículo porque la vida es ridícula.
El sábado pasado por la tarde, en Quilmes, antes de la selfie de Adorni, antes de la discusión entre el Gordo Dan y la rusa Bregman, antes de la perfo de Grabois, un hombre que iba en moto con su hijo a pescar al río murió degollado al no ver un cable que los vecinos habían cruzado de vereda a vereda para impedir que pasaran autos, porque más tarde iban a desfilar las murgas en el corso del barrio.
El poder del ridículo es que la vida es ridícula.
Ridículo Milei con ese discurso que dio; ridículos los que aplaudieron, los que abuchearon; ridículos nosotros opinando en X. Ridículas todas esas selfies.
Ridícula la vida, que es una trampa, que ya no es vida, que se nos escurre entre los dedos mientras vamos del trabajo a la casa y de la casa a la muerte.
Ridícula la muerte, que aparece cuando menos se la espera y, sin embargo, siempre está ahí, de la manera más absurda, destruyendo todo eso que apenas pudimos construir. (05-03-26).



