Política

Trump consuma otro ciclo imperial con la fuerza como único texto

La doctrina “Donroe” (Donald + Monroe) arrasa con la prevención que tuvo hasta George W. Bush para no ser confundido con la ilegalidad de los setenta en América Latina. Al amigo narco de Honduras, todo; al dictador “comunista” de Venezuela, ni justicia. Registros de las múltiples vidas de Corina Machado. Sin épica, ni coherencia, ni discurso; prima la violencia de los hechos. Milei se recluye en el papel que se asignó: rabia y goce.

NOTA DE SEBASTIÁN LACUNZA EN EL DIARIO AR

Los cables diplomáticos internos del Departamento de Estado estadounidense expuestos hace quince años por la organización WikiLeaks radiografían el marco de relación entre Washington y Caracas en la primera década del siglo. A horas de la captura del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y de la consumación de la doctrina “Donroe” (Donald + Monroe), que da carta blanca al Pentágono para intervenciones armadas en el mundo, aquellos textos diplomáticos reservados son reveladores de un giro fundamental, así como del papel de figuras que siguen protagonizando la vida pública del país invadido; en especial, María Corina Machado.

El fallido golpe de Estado contra Hugo Chávez en abril de 2002 había dejado escaldado al Gobierno de George W. Bush. La Casa Blanca no actuó por mano propia en esa ocasión —con marines y misiles—, pero dejó sus huellas marcadas al precipitarse a reconocer legitimidad a la gavilla que había tomado el poder por unas 48 horas. Las declaraciones y los vínculos económicos con los jefes de la asonada no dejaron margen a Washington para despegarse del efímero derrocamiento de Chávez. El fracaso disparó un efecto búmeran. La “revolución bolivariana” tomó impulso y los opositores y sus padrinos internacionales debieron lidiar con el estigma de lo actuado durante la siguiente década.

Los textos intercambiados entre la Embajada de EEUU en Caracas y el Departamento de Estado en Washington dejan claro un giro estratégico a partir de 2002. Con la meta de bajar el perfil, la herramienta para “aislar a Chávez” pasó a ser el apoyo económico a las “organizaciones no gubernamentales”, que comprendían un amplio arco —real o ficticio— de derechos humanos, ambientalistas, feministas, libertad de prensa, transparencia electoral y calidad democrática.

Se llegó al punto de que opositores y empresarios golpearon la puerta de la Embajada de EEUU en Caracas para solicitar fondos, y recibieron como respuesta que Washington no incurría en esas prácticas ilegales. “El embajador (Patrick Duddy) enfatizó que Estados Unidos no interviene en Venezuela, a lo cual García (Ismael, un diputado opositor) respondió: ‘Sí, pero es hora de que empiece’”, reflejó un cable de la Embajada del 14 de septiembre de 2008. Una réplica similar se llevó el empresario Miguel Henrique Otero el 19 de febrero de 2010, cuando pidió financiamiento de la Casa Blanca para su influyente diario, El Nacional, hoy cerrado.

Súmate, un sello fundado por María Corina Machado, ocupó un rol clave en la estrategia blanda de penetrar a través de las ONG, detallan los cables diplomáticos. Machado aseguraba que su organización no tenía intención partidaria, sino que se proponía fomentar la participación electoral y la elaboración de padrones. En esa condición recibió USD 300.000 de parte del programa Democracia, Derechos Humanos y Trabajo, canalizados a través de Departamento de Salud de EEUU.

Una investigación en la Asamblea Nacional chavista detectó el aporte a Machado y legisló para convertir en delito ese tipo de financiamiento. Arrinconada por esa amenaza legal y el descrédito público —algo que resonó ayer en el desprecio a la Nobel de la Paz manifestado por Trump en la conferencia de prensa en Mar-a-Lago—, Machado propuso a la Embajada que le remitiera una carta que falsamente informara que los USD 300.000 habían sido reintegrados, lo que despertó dudas en el Departamento de Estado sobre la conveniencia, según un cable del 14 de agosto de 2006.

A veinte años de aquello, la política exterior estadounidense no sólo dejó de guardar reparos sobre el injerencismo en América Latina, sino que lo proclama como síntoma de su fortaleza recuperada. Machado tampoco intenta disimular el apoyo requerido a Washington; justifica la intervención armada desde un atril en Oslo, y Maduro es despojado del cargo sin capacidad de respuesta militar ni —se corroborará en las próximas horas— popular.

El cambio de escenario encuentra razones de fondo. George W. Bush, ocupado con la agenda guerrerista contra países árabes y musulmanes tras el 11 de Septiembre de 2001, no tenía margen ni le interesaba retomar el traumático intervencionismo en el patrio trasero latinoamericano de la segunda mitad del siglo XX. El Plan Cóndor y el prisma “será un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta” y “hay que hacer sangrar a Chile” terminaron en decenas de miles de muertos y desaparecidos en el continente. No era una agenda presentable en el siglo XXI.

Trump enterró esas inhibiciones. Planteó una potestad irrestricta para defender lo que denomina como intereses de Estados Unidos en todo el mundo por la vía militar, la doctrina “Donroe” (neologismo surgido de Monroe, aquella de “América para los americanos”), pilar de un mandato que se propone restaurar la primacía de su país frente a la emergencia China.

El crescendo es explícito. Del bloqueo económico al “enemigo” (Cuba, Venezuela) y el apoyo solapado a políticos y partidos afines (Macri, Piñera, Noboa, contra Lula y Petro), se pasó en 2025 al salvataje económico con el propósito confeso de que el ultra más arrastrado de todos ganara una elección de medio término. Ayer quedaron rehabilitados el ataque armado y el secuestro de un presidente de un país importante de Sudamérica para conseguir fines políticos o económicos.

En un mensaje que dejó varios cabos sueltos, el mandatario norteamericano dijo que él se encargará de administrar Venezuela hasta concretar la “transición democrática” y rehabilitar el potencial petrolero, un negocio sobre el que el magnate reclama resarcimientos. Habla del crudo venezolano como si fuera suyo. El dato anticipa el motor de lo que viene. Puede ser electo presidente de Venezuela el político más pristino en elecciones ejemplares, pero si se le ocurriere afirmar que negociará todo el petróleo con China en función exclusiva del interés nacional, su vida en Miraflores será corta.

Había precedentes coloniales por el estilo en América Central, no en Sudamérica, donde los golpes fueron llevados a cabo por elites civiles o militares, con ayuda o la tutela de, pero no reemplazadas directamente por la Casa Blanca. Que quede claro. No estamos ante un hecho puntual; es una doctrina a ser aplicada siempre que haga falta mientras el espíritu Trump reine en la Casa Blanca.

Otro elemento distintivo desde aquella década disparada tras el golpe de 2002 en Venezuela es que el Palacio Miraflores no está ocupado por Chávez, sino por Maduro. La mayoría de los años de Chávez fueron de crecimiento a altas tasas y redistribución de la riqueza sin precedentes en Venezuela. Con sus dosis de autoritarismo a cuestas, el fundador de la “revolución bolivariana” validó reiteradamente su liderazgo en elecciones que sus adversarios intentaban trampear o rehuir. El capítulo de Maduro es opuesto. Administró una de las debacles económicas más aceleradas del capitalismo reciente —por las inconsistencias del modelo chavista y el bloqueo de EEUU—, y puso un manto de sombra sobre los escrutinios que ganó, hasta que perpetró el fraude puro y duro en las presidenciales de 2024. Chávez era un líder en las urnas, las calles y la arena internacional. Maduro —con mucha menos suerte en el ciclo económico que su mentor— quedó como una caricatura en todos esos territorios.

Los años que siguieron a la muerte de Chávez en 2013 vieron varios intentos de derrocar a Maduro, ya sea a través de acciones mal barajadas con mercenarios —operación Gedeón— o con el ensayo fraudulento en todos los sentidos posibles de Juan Guaidó. Terminaron mal, pero ningún Gobierno estadounidense —Obama, Trump y Biden— levantó el pie del acelerador, alentados por el deterioro de Venezuela que resquebrajaba resistencias.

La aparente facilidad y precisión quirúrgica para capturar a Maduro parece evidenciar el componente de la traición en el seno de Gobierno y la fuerza militar. De hecho, el diario The New York Times reveló que la CIA tiene un infiltrado en el Gobierno de Venezuela que le pasó coordenadas precisas de tiempo y lugar en que se encontraban Maduro y su esposa, Cilia Flores. Las próximas horas dirán si hay una base popular dispuesta a defender al régimen de la invasión extranjera, o si la anomia se terminó de apoderar de un pueblo asfixiado por las privaciones y la farsa política. Nadie se sorprendería si no hay quién dé la cara por Maduro.

El amigo narco

Cambiaron los elementos del cuadro. Las razones esgrimidas por Trump y sus aduladores en el mundo se van por la canaleta. No hay épica, ni siquiera discurso. Sólo farsa y violencia de los hechos.

Aunque Trump gaste algunas palabras sin convicción, no promete la victoria de la libertad frente al totalitarismo como en la Guerra Fría, ni la primacía de la razón en el choque de civilizaciones desatado tras la caída del Muro de Berlín. Vocifera la guerra contra el comunismo, un enemigo casi inexistente. En rigor, el magnate no dedica mucha energía al engaño: quiere asegurar(se) negocios.

Ayer se cumplió un mes del indulto de Trump a Juan Orlando Hernández, expresidente de Honduras, condenado por narcotráfico a 45 años de prisión por un tribunal federal de Nueva York. Testimonios tomados en cuenta por el jurado indican que Hernández recibió al menos USD 1 millón del Chapo Guzmán y que se vanagloriaba de “meter la droga a los gringos en sus narices”. El fallo del jurado fue unánime, pero, como Hernández es derechista y su delegado en la elección reciente de Honduras, Nasry Asfura, promete seguir la agenda ultra, Trump lo dejó en libertad. Maduro será trasladado a Nueva York para ser juzgado por narcotráfico en los próximos días. Probablemente le tocará el mismo tribunal que juzgó a Hernández, pero éste lo mirará desde alguna finca de lujo entre Florida o Tegucigalpa.

Tampoco hay que prestar atención a los versículos sobre el amor por la democracia y contra los crímenes de lesa humanidad. Ello no está en la agenda real de Trump ni de Milei. El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, tiene pedido de captura de la Corte Penal Internacional por sus supuestos crímenes de lesa humanidad, mientras Israel como Estado es juzgado por genocidio en la Corte Internacional de Justicia. Son procesos que se rigen por el derecho internacional, con acusaciones, testigos, expertos y defensas garantizados por la ley. El presidente estadounidense no sólo desconoce esos procesos, sino que activa sanciones abusivas contra investigadores, jueces y fiscales que los llevan a cabo.

Éxtasis soez

Maduro se transformó en un dictador y está acusado seriamente de delitos contra la humanidad, pero nadie puede sospechar que un mandatario, Trump, que dispara misiles contra barcazas y coquetea con supremacistas de su país tiene alguna intención real de combatir el narcotráfico ni los abusos de los derechos humanos. Qué decir de Milei, gozador patológico con los apaleamientos a jubilados y familiares de discapacitados, y negacionista del terrorismo de Estado.

El Presidente y los suyos entraron en éxtasis ayer por la mañana. Agustín Romo, presidente del bloque de La Libertad Avanza (LLA) en la Cámara de Diputados de la provincia de Buenos Aires y uno de los fieles de mayor peso de gurú Santiago Caputo, se sintió poseído por un protagonismo hollywoodense para explicar la razón real del ataque de Trump a Venezuela. “Why? Because we fucking can. And if we can, we do” (“¿Por qué? Porque podemos, carajo. Y si podemos, lo hacemos”). Su segundo mensaje fue contra Axel Kicillof. “Sos un zurdo hijo de puta que defiende dictadores, asesinos y narcotraficantes. No metas a los bonaerenses en tu mierda, forro”, posteó el jefe de la oposición de la principal provincia argentina ante la condena del gobernador de Buenos Aires a la intervención armada estadounidense.

No se trató de un arrebato circunscripto a un integrista católico enardecido como Romo. Pablo Quirno, veterano del JP Morgan, ahora ocupa el cargo de canciller. También se dirigió a Kicillof a través de un reposteo. “Ya que les gusta tanto el derecho, empezá por cerrar bien el orto, enano comunista”.

La brutalidad de la época avergüenza, pero la historia demostró que no concluye en sus destellos más revulsivos. (04-01-26).

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