LA DORREGO

(Con video) “Rompí mi familia”: tiene 23 años, contrajo deudas con 15 entidades financieras, robó una herencia y la perdió en el juego online

Juan, que se llama así solo en esta nota, le tuvo que confesar a sus padres que el dinero que habían ahorrado durante toda su vida ya no estaba: lo había despilfarrado en las apuestas. “Vos estás enfermo”, le dijeron. Comprender que el juego lo estaba enfermando le costó tres recaídas. Cómo vive una persona adicta a las apuestas y cómo es el proceso de curación: “Me cansé de vivir como vivía, de no poder dormir, de estar triste”

“Llevo un año, tres meses y 27 días en abstinencia”, dice Juan, que no se llama así pero elige ese nombre para preservar su identidad en la charla con Infobae.

Desde que hizo su primera apuesta en una plataforma digital, no pudo parar. Al principio usó dinero propio, pero cuando se le terminó, le pidió prestado a varios amigos, con historias inventadas. Después a entidades financieras, hasta que tocó fondo y usó los ahorros de toda la vida de su familia.

“Podía estar hasta el cuello de deudas y seguía pensando que con una próxima apuesta iba a poder saldar todo”, explica, y hoy no tiene dudas de que eran los síntomas de una enfermedad silenciosa, a la que pudo poner nombre: ludopatía. “Sé que voy a estar enfermo toda la vida, y por eso es tan importante el proceso de recuperación en el que estoy”, explica.

La primera vez que fue a una reunión de Jugadores Anónimos (JA), lo acompañaron sus padres, que acudieron desesperados, en búsqueda de ayuda para su hijo. “Entramos los tres llorando; fue el mismo día que les conté que había usado toda la plata que tenían guardada, que era una herencia familiar”, cuenta, con la impotencia a flor de piel.

Tuvo tres recaídas en períodos de abstinencia, y revela que aprendió algo diferente de cada una. Hoy no solo está comprometido con su propia rehabilitación, sino que además presta servicio en un grupo para jóvenes menores de 30 años que sufren la misma problemática. “Soy uno de los fundadores, y recibimos a un montón de personas, porque hay todo tipo de historias y situaciones”, asegura.

—¿Cómo es tu familia?

—Soy hijo único, crecí en una familia con padre, madre, y dos abuelos maternos. Hice la primaria y la secundaria sin problemas, y siempre me sentí aceptado en mi grupo de amigos. Nunca tuve grandes problemas para relacionarme con la gente.

—¿No diste muchos dolores de cabeza en la adolescencia tampoco?

—Para nada. Tengo un grupo de amigos que es muy sano, y tengo el gusto de mantenerlos hasta hoy conmigo cerca. Son muy importantes para mí.

—¿Recordás cuando fue la primera vez que apostaste?

—Desde chico he tenido algún indicio de apuesta en mi familia, de modo recreativo. Capaz que un domingo después de comer, todos jugábamos a algo en casa, unas chirolas por plata, y ahora me doy cuenta de que yo ya tenía conductas que repercutieron de más grande en mi personalidad. Mi peor período fue desde mitad de 2021 hasta mediados de 2022, que exploté, apostando de manera compulsiva.

—Desde ese momento, de algún juego de cartas en casa con tus papás, hasta el día en el que empezás a apostar online, ¿en el medio no hubo acercamientos a bingos ni a casinos?

—No, para nada. En 2020 empecé a consumir diferentes tipos de contenidos, muchos eran por streaming, viendo a influencers o personas en los medios que hacían ese tipo de contenido, y de a poco me fui metiendo cada vez más. Al principio sin realizar apuestas, hasta que el consumo se convirtió en apuesta. No fue de un día para el otro, ni de un mes a otro, fue progresivo.

—¿Y cómo fue cuando entraste por primera vez a un sitio online de apuestas?

—Había trabajado tres meses en vacaciones, y ahorré un poco de plata. La primera vez que jugué realicé una apuesta online y mis padres me vieron. Me dijeron que no les gustaba para nada que hiciera eso, y yo les dije que era algo recreativo. “Ustedes saben que yo nunca me voy a meter en eso”, les dije, y terminé apostando en todo tipo de juegos, haciendo apuestas de todo tipo.

—¿Qué pasó aquella primera vez? ¿Ganaste o perdiste?

—Las primeras veces gané. Gané cantidades que en ese momento eran grandes sumas, y con ese dinero, esa gran ganancia, había planificado unas vacaciones con amigos en el verano. Faltaban cinco meses en ese momento, y al mes pude retirar la plata de donde estaba. Jugué una muy porción muy chiquita, la perdí, volví a jugar y así terminé perdiendo todo. Llegué a tener quince cuentas abiertas en diferentes entidades financieras, todas con montos adeudados.

—Decís que al principio era esporádico, ¿pero identificás el momento en que se complejizó todo?

—Sí, las primeras veces no era todos los días. Era una vez por mes, después una vez por fin de semana, y con el tiempo empecé a escalar más. Se convirtió en una necesidad, era pura adrenalina cuando jugaba. Me sentí en un lugar donde todo lo demás pasaba a segundo plano, donde nadie me reprochaba nada y yo creía que no estaba molestado a nadie. Se podría decir que era como un estado de éxtasis.

—Tenía que ver con la adrenalina, no con la fantasía de ganar.

—Era una mezcla de todo. Aunque nunca pensé en vivir del juego, tenía conductas que demostraban lo contrario. Siempre pensaba que iba a ganar y recuperar todo.

—Quiero aclarar que a la larga nunca se gana. El sistema está hecho para que en algún momento se pierda. Uno puede ganar una vez, dos, tres o cinco, pero después va a perder.

—Desde mi experiencia, nunca gané. He tenido algunas ganancias, pero al otro día lo perdía, y perdía más. Siempre era una cadena y nada era suficiente. Ganás y perdés el doble, siempre. Cuando perdía sentía una desesperación inmensa, y seguido a eso la necesidad de seguir apostando. No existía mi juicio. Era completamente ingobernable. Soy impotente ante el juego, y toda mi vida voy a serlo. Me he retirado por unas horas, pero mientras hubiera de dónde sacar, nunca podía frenar.

—Hoy, cuando miras para atrás, ¿te das cuenta de qué era lo que te pasaba, que vacío estabas llenando con el juego?

—Todavía no sé bien por qué jugaba. Pero tiene que ver con los vacíos, sí. Al día de hoy no hay algo que me llene como me llenaba el juego. Pero mi vida hoy, lejos del juego, mejoró muchísimo. Yo no podía dormir, no podía establecer una charla con alguna persona querida, porque mi vida era alrededor del juego: pensar cómo pagar las deudas, qué estrategia me iba a hacer ganar, todo giraba en torno a eso.

—¿Cómo era ir a un cumpleaños? ¿Podías disfrutar el momento?

—Absolutamente no. Capaz que media hora, pero ya me quería ir porque quería apostar. El juego llenó todos los espacios de mi vida. Los afectivos, los laborales, los de un estudio universitario, porque en ese momento había empezado a estudiar Ingeniería Industrial, pero en mi cabeza siempre estaba primero el juego.

—¿Podías estudiar la noche previa a un parcial?

—Si estudiaba un día antes, tal vez era un logro, porque si me ponía a estudiar tenía abierta en un segundo plano una página de juego, o miraba el celular para ver cómo venían los resultados.

—Primero usaste tu dinero, después empezaste a pedir prestado a amigos, ¿y ellos empezaron a sospechar lo que te estaba pasando?

—No, porque yo no daba indicio de nada. Sufría en silencio, y ni siquiera la gente con la que jugaba regularmente veía mi lado compulsivo en el juego, porque lo ocultaba. Cuando me juntaba con amigos ponía una sonrisa, como que estaba todo bien, lo mismo con mi familia, y en la facultad me iba muy bien, aunque solamente asistía a cursar. Quizá el único el indicador era que me irritaba y alejaba a la gente. Tenía mucha ira reprimida y respondía muy mal a cualquier cosa. Estaba muy solitario. Me encerraba mucho, no compartía con nadie, cada vez me fui aislando más y más. Mentía mucho, inventaba cosas, ‘pinché una rueda con el auto y necesito cambiarla ahora’, o ‘me robaron plata de la cuenta’, me victimizaba para conseguir más dinero para apostar.

—¿Perdiste vínculos por esto?

—Sí, muchos. Luego de estar en abstinencia pude sanarlos. Me abrí con ellos, les conté lo que me pasaba, la enfermedad que estoy transitando y mi proceso de recuperación. Algunas personas lo entendieron y otras no, que no las juzgo para nada, porque yo hice mucho mal, mucho daño, y fui una persona muy ausente emocionalmente con quienes realmente quería.

—Estabas enfermo.

—Estoy enfermo, pero en un camino de recuperación en abstinencia.

—¿Cuál fue el momento más oscuro?

—Cuando toqué pozo financiero, es decir que ya había cometido un delito de robo, porque saqué dinero que no era mío. Era de mi familia y me lo jugué absolutamente todo, cada centavo.

—¿De dónde lo sacaste?

—Era plata que mis padres tenían guardada y yo sabía dónde estaba. Iba sacando montos pequeños, hasta que se fueron de vacaciones, que estuve 15 días solo, y me bastaron para hacer un desastre económico que me va a llevar tal vez diez años de mi vida resarcirlo. Y seguía creyendo que lo podía solucionar con una próxima apuesta. No veía la magnitud de lo que había hecho, ni de lo mal que estaba yo. En ese momento estaba en un estado de éxtasis, donde lo único que quería era conseguir la plata. Era un mundo de posibilidades ese dinero, era una emoción que no la puedo poner en palabras.

—¿Eran ahorros de tu familia?

—Sí, era una herencia familiar.

—¿Se puede decir cuánto era o no se puede?

—En Jugadores Anónimos no hablamos de montos. Solamente podemos decir si era mucho o poco, que igual depende el poder adquisitivo de cada familia. Lo que para mí es mucho, para otro puede ser poco. Hay muchas realidades económicas diferentes, pero lo que todos tenemos en común es que somos enfermos, y financieramente, no importa qué vida tengamos, jugamos absolutamente todo lo que tenemos, y no hay un fin.

—Y el fin para algunos es la muerte, hay casos así lamentablemente.

—Nosotros tenemos claro que hay tres posibles destinos si seguimos jugando: la cárcel, la locura o la muerte. Todo jugador compulsivo convive con esas tres realidades.

—¿Fue a raíz de ese dinero que usaste que hablaste con tus padres?

—Sí, pero lo hablé recién 20 días después de que ellos volvieron. Nunca se les ocurrió que yo podría haber llegado a hacer algo así. Cuando les dije que ya no había más nada, no podían creerlo. Fuimos a revisar y cuando vieron que no había nada, no lo podían creer. Entraron en un estado de conmoción total. Los tres estábamos llorando, viendo qué iba a ser de mi vida. Mis papás lo primero que pensaron no fue el tema económico, sino que se preocuparon por qué iba a ser de mí cuando ellos no estuvieran, y eso me impactó mucho.

—Tus papás entendieron rápidamente que estabas enfermo.

—A los diez minutos de la conversación, me dijeron: “Vos estás enfermo”. Y yo llorando y diciéndoles que no. No podía aceptarlo. Y encima les conté solamente del dinero que había robado de la familia, y no de todas mis otras deudas, con terceros y con entidades financieras. Rompí la confianza de ese vínculo que teníamos como familia. La destrocé por completo.

—¿En ese momento ellos se acercaron a Jugadores Anónimos? ¿Cómo fue?

—Se los conté un viernes, y ese mismo viernes me dijeron: “Te vamos a conseguir ayuda”, y me llevaron a mi primera reunión. Yo les pedía por favor que no me llevaran, que no estaba enfermo, que solamente había cometido un error. Por suerte me llevaron igual. Fue el 10 de marzo de 2023. Llegué destrozado, los tres llorando de nuevo, y una de las personas que comparte grupo hasta hoy conmigo, le dice a mi mamá: “Tranquila, llegaste al lugar correcto”. Cuando me senté con todos los vi riéndose, comiendo sanguchitos de miga, y yo pensaba: “¿quién es esta gente? ¿Dónde estoy? ¿Por qué no están igual de mal que yo? Supuestamente si soy un enfermo, tienen que estar todos igual de mal que yo”. Con el tiempo yo soy uno más de los que se ríe. Voy al grupo, charlamos, me siento partícipe y me encanta estar. Antes lo hacía por obligación, porque me lo decían mis padres, pero hoy voy por gusto. Salgo de trabajar y pienso: “Tengo ganas de ir al grupo”.

—¿Ese día que te llevaron tus padres fue el que dejaste de jugar por primera vez?

—Estuve dos meses sin apostar, desde la primera vez que llegué a Jugadores Anónimos, y después recaí, justamente porque no terminaba de entender el por qué estaba ahí, y comprenderlo me llevó tres recaídas, todas distintas. Fue en la última donde entendí y sentí: “No quiero más esto para mí”, y no por lo que causé en otras personas, sino porque me sentía una persona vacía, sin propósito en la vida, porque nada me llenaba. Lo único que quería hacer era jugar y causaba estragos en toda persona que tuviese contacto conmigo. Me cansé de vivir como vivía, de no poder dormir, de estar triste, de no tener ganas de hacer absolutamente nada.

—En esas recaídas, ¿pudiste pedir ayuda o a alguien se tenía que dar cuenta?

—En las dos primeras se dieron cuenta mis papás, porque en ese contexto de que yo dejo de jugar, cedí todo el dinero, todas mis cuentas, y el uso de mi celular.

—¿Tus papás tenían tu celular?

—Sí, yo lo único que hacía era revisarlo quince minutos a la noche, mientras ellos me lo miraban. Solamente eso. Una de las sugerencias es no asociarse con gente que juega, y yo tenía un montón de contactos, que los bloqueé a todos. Salí de todos los grupos relacionados, me alejé completamente de las plataformas que promocionan el juego, y dejé de seguir a un montón de personas en redes sociales. Dejé de usar seis meses el celular. Solamente tenía abierto en el trabajo un WhatsApp Web únicamente para cosas laborales. El teléfono quedaba guardado en mi casa, y ese fue un paso muy grande, porque una de las cosas que te dicen es que no te acerques a establecimientos de juego, que no te pongas en riesgo, y a mí me costó mucho entender que el celular era mi sala de juego. He ido a salas presenciales también, pero no me generaban lo mismo que el celular.

—Y la plata, tu sueldo, ¿lo administraban ellos también?

—Si, entregué absolutamente todo después de mi última recaída. Antes de eso, lo único que tenía que hacer era pasarles el dinero que yo cobraba a su cuenta, pero el segundo mes, esa única cosa que tenía que hacer, no pude hacerla y por eso recaí. No podía manejar dinero.

—El clic estuvo ahí, ¿en esa segunda recaída?

—No, recién en mi tercera recaída.

—¿Uno deja de apostar en su cabeza o lo que logra es no pasarlo a la acción?

—Hoy para mí es cada vez menos frecuente la aparición de un pensamiento de juego, por el trabajo de recuperación, de asistencia a los grupos, de abrirme y sacar toda esa mochila de culpa que tenía, y entender que estaba enfermo. Cuando entré a Jugadores Anónimos, a mí me dijeron: “No sabíamos que estábamos enfermos, pero una vez que sabemos que estamos enfermos, depende totalmente de nosotros decidir qué hacemos con eso, si nos recuperamos o seguimos por la misma vida que nos destrozó tanto tiempo”. Si aparece un pensamiento de juego, hay una barrera de contención que nos enseñan, para ponerle freno, además de la contención familiar.

—Tus papás no te soltaron la mano nunca.

—Nunca. Hoy realmente son una contención inmejorable para mí. Están a todo momento. Mis papás son todo, mi familia es todo. Lo primero que me pidieron cuando supieron lo que me pasaba fue que me recupere, que eso era lo más importante.

—¿Qué les decís a tus papás hoy?

—Hoy con ellos puedo hablar. Mi relación cambió y mejoró mucho. Todo es porque yo cambié, porque soy una persona que se interesa por los demás. Lo veo en mis amigos, que me puedo sentar a hablar con ellos, escucharlos, interesarme por lo que me cuentan. Eso era imposible años atrás. A mis papás puedo escucharlos hablar sobre sus laburos y cosas que les pasan día a día.

—¿Les pudiste agradecer a tus papás?

—Intento agradecerles siempre, porque me bancaron mucho más de lo que alguna vez pensé que me iba a llegar a imaginar. Me contuvieron desde todos los lugares posibles. Fue muy duro para ellos y yo lo sé. Me contuvieron dos personas rotas, porque yo rompí mi familia. No hay palabras que puedan describir lo que ellos hicieron por mí.

—Vos hiciste un trabajo enorme, pero ese día tus viejos te salvaron también.

—Completamente. Ellos y Jugadores Anónimos. No hay manera de agradecer lo que hicieron por mí. Lo pude hablar con amigos, con mis papás, pero nadie me entendió y me ayudó como me ayudaron en Jugadores Anónimos. Cada cosa que yo decía, veía que la gente asentía con la cabeza.

—Dejaste de sentirte solo.

—El primer día que llegué, me abrazaron, y yo ni sabía que necesitaba un abrazo. Hoy no los veo y los extraño.

—Y hoy cuando llega alguien como ese Juan que eras vos hace menos de dos años, ¿lo abrazas también?

—Siempre se abraza a cualquier persona que llega. Yo llegué muy roto, sin saber qué iba a hacer con mi vida, y sé que la persona que llega, llega igual o más rota que yo; entonces uno le presta el oído, le sugiere y lo contiene, como nos contuvieron a nosotros.

—¿Empezaste a devolver algo de la plata?

—Sí, desde mi última recaída. Desde ese día todo mi sueldo lo manejan mis papás para resarcir la deuda económica que yo generé. Algo que nos enseñan en Jugadores Anónimos es que el problema económico, el financiero, es el más fácil de solucionar. Y yo pensaba: “¿Cómo va a ser más fácil si fue por eso que llegué acá?”, pero es cierto, porque cuando uno está lejos de las apuestas, la plata se genera trabajando. Siempre nos dicen que hay que honrar las deudas, y hoy en día a mí no me pesa trabajar y saber que ese dinero mensual es para eso. Antes sí me pesaba no tener ni para juntarme a comer con amigos, pero entendí que yo lo causé, y que lejos del juego estoy saldando esa deuda. Antes eran diez años que me iba a llevar, ahora capaz sean cinco. Todo porque estoy lejos del juego.

—Me dijiste que era una herencia familiar, así que probablemente ese dinero fue el trabajo de muchos años, generado por algún ser querido, así que puede ser muy sanador arreglar algo que uno rompió.

—Es todo. Nosotros somos enfermos emocionales y tenemos millones de defectos de carácter. Si no cambiamos, si no trabajamos eso, vamos a seguir siendo las mismas personas que éramos. Por eso siempre decimos: “No quiero volver a ser quien era antes de jugar”. Yo soy una persona diferente, y si yo vuelvo a ser la misma, probablemente vuelva a jugar.

—¿Uno es un enfermo para siempre?

—No hay otra manera. Es así. Hay que trabajar todos los días, 24 horas. Me costó aceptar que era un jugador compulsivo, pero una vez que lo acepté, todo fue más fácil. Día a día avanzo y estoy muy feliz. Eso es gracias a estar en los grupos, y hacer las cosas como debería haberlas hecho desde un principio. No cambiaría ni el mejor día en carrera de juego por el peor día lejos de carrera de juego, porque hoy realmente soy una persona distinta, que puede disfrutar la vida.

* Podes buscar información de los grupos de Jugadores Anónimos en www.jugadoresanonimos.org.ar. (Infobae). (28-02-25).

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