Sociedad País

El camello por el ojo de la aguja

Entre discursos de modernización y viejas recetas de ajuste, el autor repasa cómo, a lo largo de la historia argentina, los derechos laborales fueron señalados como obstáculos mientras el costo siempre recayó sobre los trabajadores. Una reflexión crítica sobre el presente, la memoria social y los riesgos de repetir los mismos derrumbes.

Por Carlos Madera Murgui / Periodista de LA DORREGO

El trabajador, culpable de la falta de trabajo; los pobres, responsables de su pobreza.

El sistema económico, el verdadero poder, junto al elegido Javier Milei, ha logrado hacer pasar el camello por el ojo de la aguja. O simula hacerlo, que para el caso es lo mismo, en una lisérgica neblina de autoproclamado éxito, con la metamorfosis como mantra. De la mano del presidente, con su egocentrismo, bravuconería, insultos y gritos, desde la duda sobre su probidad, sigue con su desguace y desfinanciamiento en salud, educación y seguridad, ufanándose de haberlo hecho más rápido que sus socios mayoritarios del PRO, que lo llevaron al poder.

Pero no hay cambio. Ni eso se puede lucir ni ver con orgullo. No hay “lo nuevo”, no hay futuro.

El presidente dice que “hay que desterrar todos los convenios laborales… Al aferrarnos a esos convenios ponemos en peligro el trabajo y ayudamos a sindicalistas corruptos; tendrán que negociar uno por uno con sus empleadores”.

El obrero y el empleado pecan; sus derechos son privilegios sepia que los perjudican en el insano anhelo de, por caso, comerse un bifecito de vez en cuando o llegar a fin de mes. Wall Street le hace un guiño a Milei, pero el dueño de la despensa del barrio ya no te fía más.

Unos 140 años antes del “mejor equipo de la historia”, el diario El Industrial refería sobre el descanso laboral en días festivos: “Solo un pueblo de holgazanes ha podido sancionar ese principio subversivo de todo progreso moral y material”.

La Unión Industrial Argentina, en 1913, rechazaba el límite de ocho horas para la jornada laboral con una amenaza: “No puede adoptarse ese límite en nuestras industrias por razones económicas que plantean este dilema: o trabajar más de ocho horas o cerrar el establecimiento”.

En 1928, la Sociedad Rural Argentina, sobre el mismo tema de fondo, aseguraba que “el jornal mínimo como garantía perjudicará a los buenos jornaleros que merecen más y reducirá a los malos, que no quieren trabajar, a la vagancia”.

Sobre la ley de salario mínimo y aguinaldo, un editorial del diario La Prensa de 1945 aventuró que “estos nuevos gravámenes plantean para las actividades problemas económicos de absoluto e imposible cumplimiento”.

En su mítica carta abierta, Rodolfo Walsh acusaba a la dictadura: “En un año han reducido ustedes el salario real de los trabajadores al 40 %, disminuido su participación en el ingreso nacional al 30 %, elevado de 6 a 18 horas la jornada de labor que necesita un obrero para pagar la canasta familiar”.

Un año antes, se había suspendido el derecho a huelga, eliminado el fuero sindical, suspendida la actividad gremial y suprimidas las cláusulas especiales de los Convenios Colectivos de Trabajo.

En 1990, María Julia Alsogaray clamaba que el Congreso “nos diera una reglamentación de la prohibición del derecho a huelga para hacernos la vida mucho más fácil”.

En 1992, Daniel Funes de Rioja, asesor legal de cientos de grandes empresas, aseguraba que “solo una flexibilización efectiva de la legislación laboral será la única vía para lograr una actividad productiva eficiente, promotora de un nivel de empleo genuino”.

En 1997, Jorge Blanco Villegas, de la UIA, expresaba: “Estoy convencido de que modernizando las leyes vamos a beneficiar la oportunidad de trabajo”.

El empresario Santiago Soldati, en 1998, se mostraba benigno al admitir que “entiendo mucho la posición de la clase obrera, pero aquí el que manda es el mercado”.

Después llegó 2001 y la historia reciente. De esto no pueden abstraerse diciendo que no lo vivieron, como se excusa la mayoría, porque a partir de allí algo sintieron, y bien cerca.

La “alegría” del PRO y la “confianza” de ahora, con el coach motivacional Francisco Caputo, se parecen mucho.

Luego vino lentamente la reacción y la reconstrucción, con muchos en el camino, con muchos que se fueron, pero solo —eso sí— para lo que llaman “gente”.

La historia es pródiga en palabras y hechos. El trabajador no debería ser el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Pero se cae y se vuelve a caer.

Hay que salir de los paréntesis: reconocernos como trabajadores, enriquecer nuestra conciencia común y permanecer unidos en la defensa de nuestros derechos, que no son limosna, sino conquistas legítimamente ganadas.

Otra vez están muy cerca. Otra vez, como si no hubiésemos aprendido ni sufrido. Como si el derrumbe familiar fuese ficción. Todo costó mucho; a algunos, demasiado, al punto del sin revancha.

“Algunos se van a Miami, otros se van al carajo”.

Lo popularizó José Larralde hace tiempo, pero con llamativa y muy triste actualidad.

¿Hacia dónde vamos la mayoría?

Ni eso sabemos, que es lo más preocupante.

El presidente debería imaginar qué le diría un argentino cuando le preguntan por el país, y no un marciano, como metaforiza él.

www.testigosdeprivilegio.blogspot.com.ar

23-05-26

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