La ciudad

Una biblioteca abierta y una memoria que no se cierra

Por Pablo Javier Marcó

El Árbol del Cielo no es solo una biblioteca. Es una escena cotidiana: una familia que se detiene a leer, un chico que elige un cuento, alguien que deja un libro para otro. Es, sobre todo, una idea simple y poderosa: que nadie quede afuera de la lectura y que el espacio público sea un lugar vivo, compartido y cuidado entre todos.

Esa esquina de Coronel Dorrego, que hasta hace poco tiempo mostraba abandono, hoy respira comunidad. Hay libros, sí, pero también hay conversación, curiosidad, encuentro. Nada de eso aparece por casualidad. Hay trabajo, compromiso y una convicción clara: la cultura no es un lujo, es un derecho.

En ese marco, algunas voces intentan instalar sospechas. No lo dicen de frente, pero sugieren. Hablan de “estado edilicio”, aunque evitan nombrar lo que en verdad les incomoda: una actividad vinculada al 24 de marzo. Esa omisión no es ingenua. Es una forma de señalar sin hacerse cargo, usando el eufemismo de “ideología política”.

Hay algo más que también merece ser dicho. Muchos de los que hoy se indignan, jamás se preocuparon por la situación de la biblioteca al paso. Nunca se acercaron a ver qué hacía falta, ni a colaborar, ni a sostener ese espacio que hoy dicen mirar con atención. Bastó una actividad por el 24 de marzo para que apareciera un súbito, repentino interés por esa esquina. No parece una preocupación genuina por el lugar, sino una reacción frente a lo que allí se expresó.

Cada 24 de marzo, en todo el país, se realizan actividades en escuelas, municipios y espacios culturales. No se trata de un gesto aislado ni de una excepción. Es una práctica sostenida que busca mantener viva la memoria sobre el período más oscuro de nuestra historia. Recordar no divide: construye una sociedad más consciente, más justa; levanta la guardia frente a los peligros del autoritarismo.

La biblioteca al paso forma parte de ese entramado comunitario. No es un espacio neutral ni vacío. Por allí circulan ideas, relatos, preguntas, donde la cultura se expresa de distintas maneras. Allí, como en tantos otros ámbitos, la conmemoración del 24 de marzo tiene sentido. No como imposición, sino como ejercicio de memoria colectiva.

Lo que resulta llamativo no es la actividad en sí, sino la reacción. Se cuestiona sin nombrar. Se sugiere sin decir. Se rodea el tema. Esa incomodidad revela más de lo que oculta. Porque cuando molesta la memoria, lo que está en juego no es una biblioteca ni una actividad puntual: es el sentido mismo de recordar.

El Árbol del Cielo sigue ahí, abierto, disponible, generoso. No pide más que cuidado y participación. Funciona porque la comunidad lo sostiene. Porque hay quienes creen que un libro puede cambiar un día. Y porque también hay quienes entienden que recordar es una forma de cuidar el futuro.

Defender ese espacio no es solo respaldar una biblioteca. Es afirmar una manera de vivir lo público: con acceso, con memoria, con otros. (10-04-26).

Mostrar Más

Artículos Relacionados

Un Comentario.

  1. Muy bueno Marcó, las cosas por su nombre. Y al que no le guste, lo discutiremos, gozamos de ese derecho.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Volver al botón superior