Tenencia responsable: un compromiso que va más allá del cariño

El viral posteo de una vecina, atravesado por la bronca y la impotencia, vuelve a poner el foco el debate sobre un tema que como sociedad todavía nos debemos: la tenencia responsable de animales. Cuando ocurre un ataque, en este caso a un menor, Las miradas inquisidoras casi siempre recaen sobre el perro. Aunque parezca una perogrullada, detrás de cada perro siempre hay personas responsables. Y allí es donde debe centrarse la discusión.
Ninguna persona, mucho menos un niño, debería sufrir una situación así. Ninguna madre debería tener que preguntarse qué más podría haber hecho. Y ningún barrio de la ciudad debería convivir con el miedo. La sana convivencia entre vecinos implica derechos, pero también obligaciones claras.
Tener un perro (o cualquier mascota) no es solo darle de comer y quererlo puertas adentro. También implica garantizar que no represente un riesgo para terceros. La legislación argentina es clara en este punto. La Ley 14.346 establece sanciones ante el maltrato, pero, además, distintos municipios, como el dorreguense, cuentan con ordenanzas que obligan a mantener a los animales bajo control, con medidas de seguridad adecuadas y evitando daños a otras personas. Cuando un perro muerde, la responsabilidad recae sobre sus dueños. No es una cuestión emocional: es legal.
La llamada “culpa del perro” es, en realidad, una simplificación injusta. Los animales actúan por instinto, por territorialidad o por falta de socialización. La pregunta es: ¿recibió ese animal educación, límites, contención? ¿Se tomaron las medidas necesarias si ya existían antecedentes de agresividad? Un perro que “a veces está atado y a veces suelto” no es un detalle menor: es una señal de negligencia.
La tenencia responsable implica supervisión permanente, espacios seguros y cerramientos adecuados, uso de correa y, de ser necesario, bozal en la vía pública; vacunación y controles veterinarios, socialización y educación temprana, actuar con rapidez ante cualquier episodio previo de agresión.
También se requiere empatía. Cuando ocurre un incidente, esconderse o minimizar lo sucedido solo agrava el conflicto. La responsabilidad comienza con dar la cara, ofrecer asistencia y colaborar con las autoridades.
Los municipios tienen un rol clave. Deben intervenir ante denuncias reiteradas, evaluar conductas peligrosas y exigir medidas correctivas. Esperar a que ocurra una tragedia mayor es, en sí mismo, una forma de omisión.
Pero más allá de lo legal, hay algo más profundo: vivimos en comunidad. Nuestros hijos juegan en las veredas, se visitan entre vecinos, comparten espacios. La seguridad no puede depender de la suerte. No se trata, obviamente, de “estar en contra de los perros”. Se trata de estar a favor de la convivencia responsable.
Un animal puede ser parte de la familia. Pero cuando su conducta representa un peligro y sus dueños no asumen su rol, el problema deja de ser privado y se vuelve colectivo.
La pregunta no es si el perro es “bueno o malo”. La pregunta es si estamos dispuestos a asumir que tener un animal es un compromiso serio, que exige responsabilidad, conciencia y respeto por los demás. Porque prevenir siempre será más justo —y más humano— que lamentar. (25-02-26).



