Néstor y la nena

Un relato de Bernardo Blázquez Di Croce
El estimadísimo Néstor Lonardi podría haber sido el Renato Cesarini de la llanura. Tipo bueno como ninguno, laburante. De esos que dejaron el lomo en la tarea rural, la cual nunca le fue bien redituada en correlación a su esfuerzo. Uno de los tantos cientos de casos presentes en estas inmensas e imponentes llanuras. De familia numerosa, sus hermanos todos se dedicaron a tareas similares, dejando en el campo de nuestro sudoeste bonaerense sudor, esfuerzo y vida. Pero Néstor, no sólo vivía para el trabajo, también tenía su familia, sus amigos, y, acaso lo más preciado de sus pasiones, el fútbol.
Supo forjar una trayectoria incólume, convirtiéndose en persona de referencia para la Liga de Fútbol de Coronel Dorrego, de la que no fue únicamente un jugador de calidad de numerosos clubes que militan esta liga chacarera, sino que también fue técnico y persona de consulta constante para jugadores, aficionados y periodistas.
En sus tiempos de peón rural, supo andar por San Román, el cual tenía un equipo, el Centro Social Valenciano, que fuera fundado en la estancia 14 de abril de la familia del otrora gran intendente de Bahía Blanca, Jaime Linares. Allí militó en varias temporadas, en el equipo que saliera campeón en la década del 70, pero también lo hizo en clubes como Ferroviario y Villa Rosa.
En numerosas ocasiones tuvo la posibilidad de ver de cerca talentosísimas acciones de cracks locales como Mario Otero, el gaucho Onorato, Carlitos Palacios, entre tantísimos más. Pero también vio, en un momento extemporáneo o tal vez anticipatorio a lo que luego vendría, a una persona en edad escolar que sabía humillar asiduamente a sus rivales, los cuales esquivaba como piedras en el suelo, las que a su vez quedaban rodando por las vibraciones que dejaban el paso de tamaña velocidad y habilidad.
Podría haber sido como Delém Néstor Lonardi, ese gran formador de talentos brasileño que pateó el penal en la final de 1966 contra Boca, en la que Antonio Roma se adelantó para robarle la ilusión al pueblo millonario de cortar la racha de, por entonces nueve años sin salir campeón. Quién sabe, si hubiera oficiado de descubridor de tamaño talento, no debería haberse magullado tanto las carnes, y habría sido un representante de primera. Y de fútbol sabía eh. Porque no hay que irse a Capital para decir que tal o cual es una referencia de la redonda. Como lo fue Michelín Abad, aquel titán del área que Hugo De Cos inmortalizara en el cuento “Aquel Golazo de Michelín”, con el relato de un gol de chilena que antecedió incluso a la magia del propio Rey Pelé. Que sus contemporáneos afirmaban que podría romper un poste de un pelotazo, asemejándolo uno, tal vez, al golpeo de Roberto Carlos, y que su hermano, El Vasco, gran insider de la época, afirmaba que era mejor que el mismo Diego Maradona.
Sabía Néstor de fútbol, pero claro que sí, como aquel muchacho, el Uva Zabala, que un día llevaron a la radio de acompañante nomás, de amigo, y cuando empezaron a preguntarle por puro compañerismo, empezó a desgranar un conocimiento de jugadores, táctica y estrategia que lo terminaron convirtiendo en comentarista radial. Como el caso de Manu Mendiondo, que siempre, de puro apasionado, empezó a inmiscuirse en el coleccionismo de revistas El Gráfico y de tanto leer a Juvenal y Dante Panzeri, terminó por integrar cuerpos técnicos de los equipos de la liga. ¡Cosa e´loco!
Sabía de fútbol Néstor, pero más sabía de bonhomía. De verdad, pocas personas he conocido con esa vibra, con esa bondad absoluta. Si cada vez que te ve se funde en un abrazo, como se funde en pasión cuando ve girar la pelota… Se convierte en uno más del match, sea éste un partido de grandes o de chicos. Y de chicos hablo porque Néstor se ponía a jugar con los chicos a la salida de la escuela en Calvo.
Si algún distraído al costado del camino se pregunta (Raúl dixit), ¿qué tiene de particular la escuela de Calvo? Que es una escuela rural a unos aproximadamente 15 kilómetros en línea recta de la ciudad Coronel Dorrego, a 600 kilómetros de Buenos Aires. ¿Y qué hacía un grandulón a la salida de la escuela? Ningún grandulón, un hombre bonachón que en las eternas esperas de los chicos a que sus padres llegaran en esas chatas bien camperas, que tenían que atravesar extensiones enormes de caminos rurales para llegar hasta la escuelita, siempre pasaba mucho tiempo, y los chicos, que iban todos al mismo curso, sean de 4°, 5° o 7°, jugaban todos en la calle del paraje prácticamente intransitado, salvo por los escasos lugareños que respetaban tanto a la escuela como al mismísimo club y la estación, porque eran los que le daban vida al lugar. Allí, Néstor jugaba con los chicos a la pelota. Como también solía ver desde afuera del alambrado los cotejos de esos recreos de una hora, en el que las maestras disfrutaban y entendían la importancia de lo que acontecía en el patio, al mismo nivel de lo que sucedía en el aula.
Allí, en esa arena, jugaban un montón de chicos. Pero quien era la persona más habilidosa del lugar, que tenía hinchada propia, con el mismo Néstor en la troup, era nada menos que una nena. Imparable. Ambidiestra. Veloz. Una suerte de Claudio Caniggia, pero de rulitos. Y lo digo sin miedo a ser rebatido en mi afirmación porque hay innumerables testigos de las hazañas deportivas escolares realizadas por esta pequeña. Cuentan que una tarde el partido estaba peliagudo, y en el medio de una nube de polvo, vieron que se acercaban un montón de jugadores a disputar el balón, pero cuando la tierra empezó a disiparse, solo se veía una silueta chiquita, de un metro cuarenta y cinco, que había dejado en el piso a varios varones, incluso, a su principal rival deportivo, su primo Fabián.
La protagonista de estas gestas del fútbol rural no es otra más que mi mamá, Mónica, quien no solo le atestiguó su habilidad Néstor, sino que yo mismo la vi hacer cosas que a veces a un profesional le cuestan, como una tijera, una chilena o una volea. Y nada de botines, unas zapatillas desgarbadas, porque siempre se postergó a sí misma para que sus hijos puedan tener una pilcha, o algo para comer. O una golosina. Lo que sea, pero siempre, postergándose.
De haber existido el fútbol femenino en su tiempo, estoy seguro que otro habría sido su destino, porque la manera de jugar, le daba hasta para estar en la Libertadores femenina. Más de una brasileña se habría pegado flor de julepe (cagazo) si en un contragolpe agarraba la pelota mi vieja, porque con la velocidad que tenía, se las comía a todas en dos panes. A lo Canni. Nuestra hija del viento dorreguense.
Claro, no es culpa del querido Néstor que mi mamá no prosperara en el fútbol. Tal vez, solo nació en el tiempo equivocado. No había por entonces posibilidades para una nena del campo. Eso sí, pregunten en kilómetros a la redonda de Calvo, San Román y La soberana. La leyenda de la nena de rulos que le pegaba a la pelota como una bala; los de ese tiempo, la conocen, incluso, hasta los que dicen que no. (26-01-26).



