LA DORREGO

La memoria, espina de la vida, de la historia

POR CARLOS MADERA MURGUI

“La memoria, espina de la vida y de la historia”.
Esto que nos repite León en su himno, no hace más que refrescar algo que en un mar de trivialidades, aparece en la jungla como algo demodé, falto de actualidad. Es difícil hablar de algo que perdura más allá de lo que inunda el ritmo cotidiano y todo lo terrible que nos toca vivir por estos días, pero que seguramente pasará y volveremos al trivial ritmo comunicacional de nuestros días. La visibilidad y relevancia se modificaran inevitablemente con el paso del tiempo, pero mientras algunos con coincidencia generacional nos acordemos de nuestros hermanos asesinados no ocurrirá. La práctica académica y la rigurosidad de los historiadores sigue y seguirá siendo no comparable con la memoria y el dolor social. Tuvimos programas en esta radio, claro, que en su comienzo pedían por la instalación del monumento o el recuerdo a los asesinados por el terrorismo de Estado en la plaza central de Coronel Dorrego.
Los “lugares “ de la memoria son cimentados con todo vigor por quienes todavía recuerdan, en el señalamiento simbólico donde vivieron y transitaron y se educaron víctimas dela represión ilegal, construcción de monumentos o espacios vinculados. Hay también fuerzas sociales que tratan de cambiar, como si la función y la forma de un lugar borrara la memoria o le quitara materialidad a la misma. La recordación y lucha por una verdadera justicia, se convierte en autentico homenaje de vida para nuestros muertos, eso es más perdurable que cualquier monumento ante la mutación de ciertos discursos y hechos vinculados.
Es una deuda invisivilizada por años, se me ocurre sostenida por distintas valorizaciones de aquellos sucesos y sus efectos. Las memorias no quedan fijadas de manera definitiva, sino que se transforman con el paso del tiempo. Las exigencias del presente o el cambio de las condiciones que determinan su audibilidad y legitimidad, las políticas de la memoria desarrolladas desde el Estado, entre otros factores pueden determinar modificaciones sustanciales en los contenidos de las memorias.
El golpe cívico-eclesiástico-militar apuntalo el discurso de la guerra contra la subversión contrastando a la más flagrante cómplice violación de los derechos humanos de la cual recuerde nuestro país.
Esta cultura de la memoria ha modificado definitivamente la relación entre las representaciones del pasado y la justicia, ya que se vincula con un proceso de reparación moral, jurídica y algunos o muchos casos, financiera de la víctimas, la creación en diversas latitudes de comisiones estatales destinadas a establecer las responsabilidades de los involucrados en delitos de lesa humanidad y la comparencia ante estrados judiciales nacionales e internacionales de instigadores y ejecutores. El pasado dictatorial sigue haciendo sentir sus efectos hasta hoy; no existe una perspectiva uniforme en el conjunto de la sociedad que restablezca a los derechos humanos como uno de los fundamentos centrales de la legitimidad democrática.
El “deber de memoria” en el compromiso de la difusión del recuerdo de lo sucedido, a fin de evitar el olvido se convierte en una obligación moral que excede a víctimas y afectados.
Por estas horas es saludable reflexionar sobre el “Estado que mata” y el “Estado que cura”. Por estos días de pandemia y aislamiento, las singulares y momentáneas suspensiones de las garantías individuales, nada excepcional, pero dentro de medidas de orden, ( no aquellas que mataron, torturaron y robaron vidas) en democracia, desviando el temido, traumático, y enfermizo estado de sitio del recuerdo, aunque figura legal-constitucional vigente , vinieron a escandalizar a gentes que por ignorancia o no comprensión, que muy molestas “pudieron” expresar su tan remanido “ Conozco mis derechos y pago los impuestos” , muy porteño, ( diferencia con argentino) ,pero no exclusivos de los capitalinos. Molestos por la “invasión” estatal en ciertos controles que debieron reemplazar a la responsabilidad individual, mostraron su indignación mediante las “cloacas sociales” o los avesados y atentos comunicadores que se sumaron.
También muy cerca de nuestras narices, y hablo de muy cerca, gente muy respetada, instruida, se sumó al rebaño sin ningún recaudo y aviso, después de haber estado fuera del país. Ahora, el Estado debe repatriar, atender gastos de compatriotas en emergencia fuera del país, cosa que corresponde. También corresponde repensar la posición de total falta de solidaridad y empatía para quienes sufren hambre y privaciones de toda índole dentro del país, (tema excluyente hasta que nos invadiera la pandemia) de gran parte de la población, que paradójicamente son quienes ahora exigen Estado. A todos corresponde asistencia. Claro que varía sustancialmente, pero esto no niega Estado para todos.
Días difíciles los que vivimos, pero la memoria, aunque intentemos silenciarla o reprimirla, hace su trabajo y cada tanto nos recuerda los que nos aconteció y nos pasa, los olvidos que intentan esconder, en lo más profundo de nuestras conciencias, las heridas traumáticas, aquellas que siguen allí señalando las deudas impagas, las tachaduras infames, los fantasmas que nos siguen habitando. Un nuevo 24, anecdótico por estos días que nos toca vivir. A todos nos debe importar todos, no siempre ha sido así, casi nunca. Buena oportunidad para reflexionar, tiempo tenemos, para pensar un poco más allá del ombligo y de nuestra propia quinta.
Memoria , espina de la vida y de la historia, te sigo esperando Amigo, aunque sé que te mataron.

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