La ciudad

Desde el Torrero

Una reflexión sobre la democracia, la representación política y el valor del debate público en tiempos donde las instituciones, las ideas y la participación ciudadana vuelven a ocupar un lugar central en la discusión colectiva.

Por Carlos Madera Murgui / Periodista de LA DORREGO

No es una ocurrencia personal, pero me gusta el título.

Alimentando una pasión que todavía vive y que se traduce en lo que pienso. A la vieja usanza, de manera artesanal, pretendiendo ser medido, osado pero respetuoso, como lo aprendí y como lo ha hecho este medio durante los últimos 55 años.

Entregaremos notas regulares en estas páginas, en este incipiente período retomado, que llevarán esta denominación.

No existe otra sensación que la esperanza cuando se escucha —aunque no demasiado— explicar que los poderes públicos los ejerce la política a través de sus representantes: personas con creencias, militancia y reafirmación de su pensamiento, coincida o no con el propio.

Es esencial e inherente a la vida democrática que personas probas, honestas, de reconocida moral y honorabilidad, ocupen los lugares destinados en esos poderes públicos, con los que la sociedad los ha honrado. Precisamente por observar esas condiciones, tuvieron la oportunidad, dentro de los partidos políticos —algo hoy casi en desuso—, de integrar listas electivas o, posteriormente, de ser elegidos por los ciudadanos en el cuarto oscuro o en la cabina de votación.

Por lo tanto, debe partirse de la base de que esos atributos dejan de ser destacados para convertirse en fundamentales e innegociables en la conformación de nuestros representantes; administradores de nuestras ilusiones, de nuestros aportes y, primordialmente, de nuestras concepciones políticas e ideológicas, de nuestra forma elegida de vida. Es decir, se convierten en algo básico y no en una cualidad excepcional.

La participación ciudadana parece haber recuperado interés, no solo por la expectativa de acceder a puestos de gobierno —verdadero honor reservado para pocos—, sino también por el interés que despierta la política y sus herramientas para la transformación y el progreso de las sociedades organizadas, bajo el paraguas del civismo.

Esto nos permite ser testigos de un nuevo capítulo democrático, aun en medio de la peligrosa entropía que atraviesan nuestros días. Tal vez, para las generaciones actuales, se trate de algo natural, como siempre debió haber sido. Sin embargo, deberíamos valorar, por encima de nuestras preferencias políticas, personales o de amistad, a quienes asumen la responsabilidad conferida por el voto. No para exaltarlos, sino para celebrar, en el mejor sentido de la palabra, un hecho que algunos, peligrosamente y cada vez menos numerosos, no dimensionan con la importancia que merece.

Los vaivenes del sistema, torpedeado abiertamente por el Gobierno y el Congreso Nacional, no constituyen hoy el mejor ejemplo. Porque la democracia no es solamente respetar el voto popular; también implica observar el Estado de derecho, respetar la Constitución Nacional y la división de los poderes públicos.

No siempre satisface ni siempre conforma. Como cualquier método o régimen, está integrado por hombres y mujeres que deben contar con la preparación y el conocimiento suficientes. Sobre esa base solicitaron nuestro apoyo para convertirse en nuestros delegados, gestores e intermediarios. Y como ciudadanos hemos optado, en conjunto como sociedad, por quienes consideramos más aptos para desempeñar esa tarea.

El momento actual —como tantos otros anteriores— necesita de quienes prometieron realizar ese trabajo. Y es allí donde debemos preguntar por el proyecto —entre comillas— utilizado en campaña, una palabra que ayudaba a muchos a sintetizar acciones que resultaban más complejas de explicar.

Hablo de nuestro terreno, porque del otro lado varios continúan explicando, desde distintos puntos de vista, una debacle que sufrimos todos, sin excepción y sin necesidad de interpretación.

Alguna vez, un dirigente local se mostró indignado al explicar “la equivocación” de la gente. Otro sostenía que la política estaba devaluada, pese a formar parte él mismo del menú. La subestimación de lo que el pueblo piensa y determina ha llevado a experimentados dirigentes a sufrir estrepitosos fracasos en todos los ámbitos. También es válido, no lo niego, que ocurra a la inversa.

Sin embargo, pocos cargos son para muy pocos. Su titularidad representa capacidad e importancia política dentro de distintas estructuras de gobierno, y eso no es para cualquiera.

Por otra parte, escuchar hablar del consenso como si fuera un logro extraordinario aparece, para muchos, como un elemento de simple normalidad o de pulcritud administrativa. Para quienes pretendemos que el Concejo Deliberante sea algo más, debería ser el ámbito político por excelencia: un lugar de debate.

Con más tiempo y agenda, habrá que abordar también algunas cuestiones que no fueron rescatadas durante la campaña, pero que parecen demostrar que no todo está tan bien como se pretende mostrar.

Las posiciones, opiniones y decisiones de los representantes de la política siempre serán políticas. No existe otra interpretación posible.

Hay varios asuntos que no deberían convertirse en factores que profundicen una anemia propositiva y deliberativa que la sociedad, mediante su sufragio, se encargó de premiar o castigar según correspondiera.

La controversia sobre la concreción de un proyecto o sobre las tareas de contralor debería estar allí, y no centrarse exclusivamente en cómo debe implementarse o cómo fue ejecutado. Si existe acuerdo sobre la base, el debate debe darse en las formas.

Nada ni nadie impide, a priori, que la oposición o las minorías cumplan con lo prometido. Menos aún las mayorías. Porque si algo no puede hacerse, debieron saberlo antes de asumir.

Además, quienes acceden a esos cargos conocen las estructuras y escalones superiores de gobierno y de poder establecidos por el mismo sistema que les permitió llegar hasta allí. No tienen la facultad de modificarlos unilateralmente, por más razonable que consideren su postura.

Siempre debe actuarse con fundamento, conocimiento e información, y no atravesados por postulados ajenos que ni siquiera saben explicar y que exceden su capacidad.

La política, definida por Alfonsín —Raúl—, significa la confrontación de ideas, la discusión y la lucha por ellas. Disentir no significa obstruir; por el contrario, es reafirmar una posición ideológica que sintetice nuestro sentir y nuestro pensar frente a los hechos.

El poder democrático siempre fue político. Aun cuando se equivoca, nunca es simplemente administrativo.

Tengamos en cuenta que la esperanza de los pueblos es un aspecto que, felizmente, hasta ahora nadie ha podido manejar y que se renueva eternamente. También es cierto que ese recurso ha sido utilizado muchas veces de manera deleznable. Pero debemos confiar en algo: las sociedades actuales han aprendido mucho sobre aquello que les conviene.

A veces no lo parece. Pero si la ciudadanía puede equivocarse al elegir, también los elegidos pueden defraudar. (18-06-26).

www.testigosdeprivilegio.blospot.com.ar

Mostrar Más

Artículos Relacionados

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Volver al botón superior