Información general

Los secretos que guardó Nisman

La trama que impidió investigar la conexión local del atentado a la AMIA.

Por Walter Goobar y Ariel Zak (*)

Trescientos treinta metros por segundo. Esa es la velocidad -subsónica- de la bala calibre 22 que penetró por el parietal derecho y acabó con la vida del fiscal Alberto Nisman el 18 de enero de 2015, en un baño del piso 13 de un departamento de Puerto Madero. No sufrió. Su muerte fue instantánea, dicen los forenses. La munición de punta hueca -prohibida porque desgarra los tejidos- hizo estragos en los 1400 gramos de su cerebro, donde se atesoraba uno de los secretos mejor guardados de los 600 cuerpos de la causa AMIA: el papel jugado por los servicios de inteligencia locales antes, durante y después del atentado; la conexión local que Alberto Natalio Nisman nunca investigó. Porque no quiso, no pudo o no lo dejaron. La misma que pudo haberlo llevado a la muerte.

La historia que gatilló esa sórdida escena con el disparo del final se fue tejiendo a lo largo de los años, particularmente desde 2004, cuando Nisman fue nombrado Fiscal Especial para la causa AMIA. A partir de ese momento, se le dieron todos los recursos humanos, económicos y el respaldo político para que desandara la trama de complicidades, engaños y encubrimientos que habían signado la investigación del ataque terrorista durante la era menemista, delaruista y duhaldista. Sin embargo, a lo largo de una década, el fiscal no se enfocó en desentrañar la trama local del atentado.

No se determinó la procedencia de los explosivos ni los detonadores, no se identificó a los argentinos expertos en demolición que armaron el artefacto, no se localizó ninguna casa operativa ni taller mecánico utilizados por los terroristas, ni se rastreó la pista del dinero con la que se financió la masacre. La cantidad de detenidos por el atentado es elocuente: cero.

Cuatro días antes de su muerte, el fiscal denunció a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner por el presunto delito de encubrimiento. Escribió en su presentación judicial, y repitió en distintas entrevistas, que la mandataria había ordenado en secreto, a su canciller, negociar con la república de Irán la “impunidad” de los acusados de perpetrar el ataque terrorista para llevar adelante intercambios comerciales que jamás se concretaron. Dijo que había pasado dos años trabajando en esa denuncia y que había descubierto que el memorándum de entendimiento suscrito entre Argentina e Irán era la fachada de un acuerdo espurio y no una herramienta para acercarse a la verdad sobre el atentado.

El fiscal efectivizó su denuncia el 14 de enero de 2015, poco después de que las estructuras de la ex SIDE, de las que se había valido para todas sus investigaciones, comenzaran a crujir luego de que Antonio “Jaime” Stiuso -el más íntimo colaborador del fiscal y jefe de los espías- fuera eyectado por orden de la entonces presidenta.

A mediados de enero, Nisman terminó de pulir los detalles de la denuncia que le daría más notoriedad que todo lo que había hecho durante los más de diez años que condujo la investigación del atentado. Se lanzó a su estrellato definitivo: denunció al gobierno que había puesto en sus manos la causa más sensible de los últimos 30 años de historia argentina.

Después de multiplicarse en radio y tevé, de ver cómo su rostro y sus palabras se reproducían en los diarios nacionales y de todo el mundo, intentó comunicarse con su mentor, con el hombre que lo había introducido en el submundo del espionaje y los provechosos contactos con el FBI, la CIA, el Mossad israelí y los servicios alemanes.

El viernes 16 de enero a las 11.22 la pantalla del teléfono Nextel del espía que por esos días había sido jubilado a la fuerza, se iluminó y en el centro apareció la inscripción “Ministro”. No era ningún miembro del gabinete presidencial. Era Alberto Nisman.

Habían trabajado juntos por más de 10 años, aunque se conocían desde mucho antes. Así se los había ordenado el ex presidente Néstor Kirchner. “Pibe, Stiuso va a trabajar con vos”, les había dicho en un encuentro en el que creyó que los estaba presentando. No era así. “Jaime” había jugado un papel decisivo en la destitución y procesamiento del ex juez Juan José Galeano y de los fiscales Eamon Mullen y José Barbaccia, a los que Nisman terminó traicionando.

Nisman se convirtió en la cara visible de la investigación. Stiuso, en su sombra.

Los límites se desdibujaron. El hombre fuerte de la ex SIDE marcó el destino de la investigación. Aportó escuchas, informes de inteligencia, más contactos. Decidió qué se iba a investigar y qué no. La pista iraní cobró más fuerza. En la posible conexión local nadie avanzó. Algo se estaba ocultando.

Cuando recibió la alerta en su Nextel, Stiuso estaba -según los registros de antenas de esa compañía telefónica- en la localidad bonaerense de Pilar. No respondió. Tampoco devolvió la llamada. Al menos no desde ese teléfono.

Para Nisman no era lo mismo contar con Stiuso que no tenerlo. Se decidió a buscarlo por otros medios. Llamó al Nextel de Alberto Massino, ex director de Análisis de la ex SIDE y hombre de confianza de su propio hombre de confianza en el mundo de los agentes de inteligencia.

“No puedo hablar; estoy en una reunión. Si lo buscás a Jaime, no está conmigo ni tampoco sé dónde está”, fue su respuesta. Sus dudas se multiplicaron.

Al día siguiente lo volvió a intentar. A las 18.24 le hizo sonar el Nextel a Stiuso, que estaba en Palermo. Otra vez, no lo atendió. Ni le devolvió el llamado.

¿Qué quería decirle Nisman a su otrora socio? ¿Quería disculparse o simplemente reportar los avances de su cruzada? ¿Quién conducía a quién? ¿El fiscal al ex todopoderoso agente de inteligencia o al revés?

El juez Rodolfo Canicoba Corral, que tiene a su cargo la causa por el atentado ocurrido en 1994 que dejó 85 víctimas fatales, ensayó una cruda respuesta en aquellos días: “Los conducidos terminaron siendo los conductores y el que debía conducir resultó ser el conducido”.

Conducido por su mejor amigo dentro de los servicios de inteligencia, o no, la investigación de Nisman sobre el atentado se movió siempre en una sola dirección: la de la pista iraní, la que también impulsaron desde el mismo día del atentado los servicios de inteligencia estadounidenses y el Mossad israelí. Y nada más.

El memorándum de entendimiento, aunque fuertemente cuestionado desde distintos sectores de la política nacional e internacional, puso en crisis los postulados de la investigación de Nisman y dejó al desnudo que había otros aspectos de la causa AMIA en los que no se había trabajado con seriedad.

Durante toda su gestión al frente de la fiscalía especial AMIA, Nisman se dedicó casi en forma exclusiva a hablar del papel de Teherán en el atentado, una pista cuyo origen data de los días en los que el destituido juez Juan José Galeano conducía la pesquisa.

Nisman nunca pudo explicar por qué se ignoraron una media docena de alertas sobre la inminencia de un segundo atentado. Tampoco tenía respuestas sólidas para explicar cómo sucedió que algunos de los iraníes acusados por el ataque habían burlado los seguimientos que la SIDE había dispuesto sobre ellos tras el atentado contra la embajada de Israel, en 1992. El fiscal nunca pareció dispuesto a evaluar las responsabilidades de los servicios de inteligencia ni de un grupo de carapintadas protegidos por estos, en la concreción de un segundo atentado.

¿Por qué eso nunca se investigó? Lo que había que ocultar a cualquier precio era que el atentado a la AMIA podría haberse evitado.

El ex presidente Carlos Menem y su ex secretario de Inteligencia Hugo Anzorreguy supieron tres meses antes que el ataque terrorista estaba en marcha. Más de cien días antes de la bomba, los servicios de inteligencia infiltraron la supuesta célula terrorista compuesta por ciudadanos iraníes y carapintadas, de manera de tener el control indirecto del proceso y abortar cualquier maniobra de trascendencia en el momento justo, bajo el pretexto de capturarlos con las manos en la masa, consumando la doble hazaña de conjurar el atentado contra la mutual judía y esclarecer el de la embajada de Israel ocurrido dos años antes, en una sola maniobra.

Pero algo falló en el último minuto y los espías de cabotaje fueron engañados por los supuestos perpetradores. Terminaron manchados de sangre y sepultados por los escombros de la vergüenza. Después se dedicaron a entorpecer la investigación, a punto tal que a más de 25 años se sabe poco más que en los primeros días después del atentado y la conexión local sigue siendo uno de los secretos mejor guardados.

(*) Publicado en www.cenital.com

Etiquetas
Mostrar más

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Cerrar
Cerrar