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Amor viajero: entre Dorrego y Bogotá ¡con base en Monte Hermoso!

El colombiano Gabriel Benítez y la dorreguense Adriana Segui, se conocieron en 2016, en Perú. Recorrieron Sudamérica tres años y hoy son papás de Violeta, de tres meses. Él es mozo en el restaurante Via Appia.

(*) NOTA ESCRITA POR LA PERIODISTA ANAHÍ GONZÁLEZ EN EL DIARIO LA NUEVA

Gabriel Aguiar Benítez sostiene sonriente la bandeja del restaurante Via Appia, en Monte Hermoso.

Su acento delata que no es argentino, aunque sí latino. ¿Venezolano? No es su caso.

Este mozo de 24 años es colombiano -nacido en Bogotá- y no llegó a la Argentina en busca de mejores oportunidades laborales ni económicas. Sus motivos fueron otros.

¿Qué lo trajo hasta Monte Hermoso? Una historia de amor y de aventura que tiene como otra de las protagonistas a Adriana Sofía Segui, dorreguense a quien conoció en Perú, en 2016, y con quien recorrió varios países de Sudamérica.

Hoy, luego de tres años de constantes viajes con la casa a cuestas y haciendo dedo, en bicicleta y tomando colectivos y aviones la pareja hizo una pausa en el balneario para disfrutar de la pequeña Violeta y de esta nueva experiencia que, acaso sea el más maravilloso de los viajes (solo de ida): ser papás.

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Gabriel y Adriana se conocieron en un hostel, en Cuzco (Perú), hace tres años. Ambos viajaban sin relojes, con el objetivo de conocer lugares y culturas.

Él compartía el cuarto con otros amigos; y quedaba una cama libre. Y llegó Adriana.

“Enseguida empezamos a charlar, salimos a pasear por las ruinas de Cuzco y una cosa llevó a la otra”, contó entre risas el colombiano que hoy trabaja como mozo en el tradicional restaurante montehermoseño.

Gabriel tenía 21 años y había trabajado antes en un call center. Un día, cansado de la rutina había decidido dar otro rumbo a su vida y empezar a viajar. Cuando conoció a Adriana ya había recorrido el sur de Colombia y había estado 10 meses en Montañita, un pueblo costero de Ecuador.

A Cuzco llegó por diversión, invitado por unos amigos. Por eso, cuando menos lo buscaba, llegó el amor.

Adriana, por su parte, antes de comenzar a viajar había estudiado Licenciatura en Turismo en la UNS y trabajaba en el Hotel Provincial de Sierra de la Ventana, en el partido de Tornquist.

“Viví dos años en Sierra hasta que un día me aburrí. Mi sueño siempre había sido viajar”, contó.

Un día se decidió, renunció a su trabajo y con el último salario partió en el auto de unos amigos hasta Chile y luego siguió sola por el norte argentino, Bolivia y Perú.

“Conocí a Gabriel apenas unos meses después de empezar mi viaje, en noviembre. Un mes después yo quería seguir y le pregunté si él iba a venir conmigo o se iba a quedar ahí. Y seguimos viajando”, comentó.

La pareja recorrió el desierto de Perú -Laguna de la Huacachina- y bajó hasta el norte chileno para conocer Antofagasta, Calama, Iquique y San Pedro de Atacama. Luego entraron a Argentina y recorrieron desde Jujuy hasta Coronel Dorrego y Ushuaia.

Luego partieron a Ushuahia a visitar familia y de allí a Misiones. Juntos subieron a Brasil donde estuvieron unos seis meses por playas paradisíacas como Curitiba, Camboriu y Floripa. Más tarde se cruzaron a Uruguay, armaron dos bicicletas y salieron a recorrer el país en dos ruedas.

“En Colonia de Sacramento le regalamos las bicis a una familia de artesanos. Tenían dos nenas que la necesitaban. Y volvimos a Argentina por Gualeguaychú”, contó el colombiano.

Los viajes siguieron sin parar. Vida nómade. Hoy acá, mañana por allá. Nueva visita a la familia en Dorrego, vuelta a Cataratas, tres meses por Paraguay y otra vez Brasil.

“Seguimos viajando re tranquilos y en Campo Grande (Brasil) nos enteramos que Adriana estaba embarazada y empezamos a pensar qué hacer. La panza aun no se notaba y tratamos de llegar a Ecuador”, contó.

En Guayaquil los médicos recomendaron a Adriana no seguir viajando y ella regresó a Argentina en avión. Gabriel visitó a su familia en Colombia y volvió a nuestro país a lo largo de 8600 kilómetros que hizo prácticamente a dedo, en 15 días.

Tras el reencuentro pasaron unos meses pensando qué hacer, donde instalarse y decidieron alquilar un departamento en Monte Hermoso.

La pequeña Violeta Aguiar Segui nació en Bahía Blanca hace tres meses.

“Cambió mi vida, mis hábitos, la forma de ver las cosas: todo. Para mejor. Es lo más importante del universo”, dijo Adriana.

“El viaje te abre mucho la mente: aprendés idiomas, cultura, historia y mucho sobre la naturaleza pero lo que te enseña un hijo no se aprende en ningún lado. Ella llegó para amarnos más todos”, concluyó.

Modo de vida. En estos años Gabriel y Adriana aprendieron muchas cosas. Trabajaron como jaladores (empleados de restaurantes y boliches que invitan a los turistas a entrar) y como mozos.

Adriana hizo artesanías y malabares con fuego. También hicieron música en la calle. Llegaron a cargar pandeiros, samponias, armónica, guitarras, quenas y un charango.

En Ushuaia, Grabriel trabajó paleando nieve de las entradas de las casas junto a un francés y en Monte Hermoso fue obrero de la construcción contratado por Diego Ledesma. También narró cuentos en los colectivos.

Enamorados. “Violeta es mágica, nos hace sonreír todas las mañanas. Se llama así por Violeta Parra, la cantante chilena. Es el color de lo masculino y lo femenino. Es hermosa y alucinante”, dijo su mamá.

Papá. “Con la llegada de Violeta mi vida cambió para bien. En la ciudad de donde vengo hay mucho descontrol en todo sentido. Si sos joven, sin hijos y sin responsabilidades, y sientes que puedes comerte el mundo con las manos. Violeta se ha vuelto un propósito bonito para planear y crecer, tanto solo como con mi pareja. Hay muchas cosas que aprender de cómo ser padre. Me llena de sobremanera”, dijo Gabriel.

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