Sociedad País

El espejo de silicio

La Inteligencia Artificial no sólo desafía nuestras capacidades. También nos obliga a preguntarnos qué significa estar vivos.

Escrito por Juan Ignacio Gilligan

A mediados de los noventa estudiaba psicología en La Plata. Pero los miércoles faltaba a clase para sentarme en un café donde se reunían escritores, poetas y pensadores difíciles de clasificar.

Vistos desde hoy, parecían personas inmunes a los moldes. Se vestían como querían, pensaban por cuenta propia y no parecían demasiado preocupados por encajar en ninguna categoría.

Treinta años después, casi todos ellos ya se han ido. A veces me pregunto qué pensarían al ver que una Inteligencia Artificial es capaz de escribir textos, componer canciones o generar imágenes en segundos. Cada día parece ampliar sus capacidades, con una eficacia tan asombrosa que muchos ya se preguntan si la creatividad humana tiene los días contados.

Yo no estoy tan seguro.

La IA no es el problema. Es un espejo.

Si una máquina puede reproducir gran parte de lo que hacemos, quizás sea porque muchos de nuestros pensamientos, decisiones y formas de expresión siguen patrones más predecibles de lo que imaginamos. La Inteligencia Artificial no adquirió una mente humana; aprendió a reconocer e imitar algunos de los procesos que utilizamos para pensar, escribir y crear.

Será inútil competir con ella. Todo lo que pueda hacer una máquina, tarde o temprano lo hará mejor, más rápido y más barato que nosotros. La verdadera pregunta es otra: ¿qué quedará cuando la máquina haga todo lo demás?

Una Inteligencia Artificial podrá describir una reunión de amigos en un café. Pero nunca habrá compartido ese momento.

Podrá narrar el grito de gol de una tribuna. Pero nunca sentirá cómo se acelera el corazón cuando la pelota cruza la línea.

Podrá escribir sobre un pájaro posado en un alambrado al final de la tarde. Pero nunca sabrá por qué, algunas veces, una imagen tan sencilla logra conmovernos.

Tal vez durante siglos creímos que lo que nos hacía especiales era nuestra fuerza y, más tarde, nuestra inteligencia. Sin embargo, las máquinas ya demostraron que pueden superar nuestra fuerza y también muchas de nuestras capacidades intelectuales. Lo que nunca podrán igualar es la experiencia de estar vivos.

Compartir una mesa. Gritar un gol. Contemplar un pájaro al caer la tarde.

Quizás la IA termine enseñándonos algo inesperado: que aquello que pueda hacer una máquina lo hará una máquina. Pero aquello que da sentido a nuestra existencia seguirá naciendo, como siempre, de la experiencia irrepetible de estar vivos. (20-06-26).

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