Despojos de sueños / Por Gustavo Ariel Blázquez
Entre la necesidad y la resignación, hombres y mujeres avanzan cargando los restos de aquello que alguna vez imaginaron para sus vidas.

Nosotros estamos realizando algunas tareas, apenas para saldar nuestro tiempo destinado a la cultura del trabajo, que hasta podría ser una convención estúpida creada por el poder (algunos le agregan “económico mundial”), que ha sido de a caballo o en avión, siempre el mismo, con los mismos rostros cuidadosamente seleccionados.
Allí vamos, criaturas ordinarias, a sufrir el escarnio diario de hacer la fila y agachar la cabeza, de servir un café y mirar automóviles ajenos; allí vamos, intentando levantar la frente tan solo para satisfacer aquel síntoma social que provoca arrimar a la mesa el mendrugo diario, el guardapolvo amarillo para nuestra descendencia, el recibo pago de la electricidad, la mitad del dinero para el gas y la imposibilidad de mirar la misma televisión que algunos otros, que, como es obvio y reiterativo en la historia, se sentirán distintos solamente por ello: por mirar otra televisión y por poner los pies en otras aguas saladas del mismo mar.
Disuasivo embrujo el del hambre; no es necesario que arribe para presentir su presencia, acechante, disimulado entre los pliegues del telegrama de despido, agazapado detrás del cartel de “Liquidación por cierre definitivo”.
Es tan disuasivo que, aunque no lo miremos a la cara, nos dobla la espalda sin tocarnos la espina. Desorbitados ante la genuflexión, nuestros ojos creerán ver mentiras en los espejos.
Allí van los despojos de los sueños, a la carga con lo que les queda… con lo que les queda. (16-06-26).



