El camino de los granos: Escribe Juan Ignacio Gilligan

Este miércoles fui a visitar el Consorcio de Gestión del Puerto de Bahía Blanca y decidí llegar por el final de la avenida Colón, tomando el camino hacia Ingeniero White. Hacía tiempo que no recorría esa zona con atención y el viaje, que podría haber sido apenas un traslado, terminó convirtiéndose en una pequeña excursión por una de las regiones productivas más extraordinarias que tenemos al alcance de la mano.
El primer contraste aparece enseguida. El estado del camino deja bastante que desear, pero por allí circula un flujo incesante de camiones que por momentos recuerda los grandes accesos industriales de algunas ciudades europeas. En una de las rotondas me encontré con una escena difícil de olvidar: un transporte llevaba una válvula de dimensiones casi tan grandes como el propio camión. No podía completar el giro y tuvo que atravesar directamente el centro de la rotonda. Una imagen desmesurada que daba una idea de la escala de las cosas que suceden allí.
Seguí hacia White dejando a un lado la imponente Central Piedra Buena y divisando a la distancia la particular silueta del castillo de Ferrowhite. Ya en el puerto, el paisaje empezó a hablar en otro idioma. Se escuchaba el funcionamiento de las cintas transportadoras y aparecía ese aroma difícil de confundir, mezcla de mar, cereal e industria, que parece pertenecer exclusivamente a estos lugares.
Caminé después hacia la costanera y terminé el recorrido junto al viejo puente de hierro. Mientras avanzaba pensaba que todo aquello cuenta también una vieja historia humana: encontrar recursos, transformarlos y construir los sistemas necesarios para llevarlos de un lugar a otro. El cereal llega desde el campo, pasa por elevadores y silos, recorre cintas transportadoras y finalmente cae en las bodegas de barcos que lo llevarán a miles de kilómetros. Campo, ferrocarril, industria y mar conectados en unos pocos kilómetros.
Mientras recorría aquel lugar, no podía dejar de pensar en el sudoeste bonaerense como una verdadera mina de oro. No porque todo funcione perfectamente —el estado de algunos accesos demuestra lo contrario—, sino por la extraordinaria concentración de recursos, conocimiento, infraestructura y posibilidades que existe en esta región.
También me sorprendió Ingeniero White. Sus tradicionales casas de chapa, su identidad portuaria y sus calles me parecieron más cuidadas que en otros tiempos. Hay algo allí que conserva una identidad propia en medio de semejante movimiento industrial.
Regresé con la sensación de haber hecho mucho más que un paseo. Y mientras volvía entendí algo que quizás debería haber advertido al comenzar el viaje: salir de Coronel Dorrego y llegar hasta el puerto es, de alguna manera, seguir el mismo camino que recorren los granos que vemos partir todos los días desde nuestros campos. Un viaje que comienza en esta tierra y termina, casi cien kilómetros después, cuando el cereal deja la costa en la bodega de un barco rumbo a algún lugar del mundo. (21-08-26).



