LA DORREGO

La multitud no odia, odian las minorías

Por Carlos Madera Murgui (*)

Era lógico que la mentalidad burguesa ideara una forma específica de desprecio para desvirtuar todo lo que no le place. Y se convirtió en una escuela pésima, en un mal ejemplo contagioso. Era lógico que la ideología del despotismo dominante produjera muecas y tufos para hacer sentir a “los otros”;, que son “nulos”, “nada”, “nadie”… al lado de los dueños, de la “propiedad privada” y de sus mercancías. A esos que no consideramos merecedores de incluirse en nuestros círculos, nuestros valores o nuestros negocios.

El “ninguneo” es una forma graduada de la indiferencia que convierte en nada aquello que, por capricho y aceptando que “existe”, les da la gana reducir a nada. Fernando Buen Abad Domínguez, sintetiza de manera brillante y sencilla a la vez lo que tanto “zopenco” le cuesta entender o decodificar lo que enigmática o intelectualmente consideran con otro nombre muy PRO, muy de época, algo abstracto como la verdad o el bien y lo que segura e irremediablemente convierten en una posición de divulgaciones, defensas, apoyos, propósitos, definida que para nada debe, ni va a coincidir con el resto. Grieta, ni más ni menos que diferencia de “ideología”, palabra demonizada por los ninguneadores, y que llanamente habla del conjunto de ideas, que caracterizan a personas, escuelas, colectividades, religiones, políticas, cultura o lo que correspondiera en el marco de una creencia.

Como toda opinión, va dirigido a alguien, en todos los casos, ese alguien o esos, se sienten identificados y por lo tanto, se dan cuenta que están siendo “opinados”. La idea de esta apreciación no persigue otra cosa.

Ninguneo no es igual a “indiferencia” y generalmente es planeado e inyectado con

menos precio o desprecio para restar valor, dejar “mal parado” o hacer quedar mal a una persona, a una idea, a un proyecto. Es una forma de agresión y de violencia que, por lo general, implica medios y modos, además de verbales y psicológicos, que hacen todo lo posible para mermar o aniquilar. Produce y afecta el ánimo, la autoestima y prestigio social. Impregna los reinos del tener y sus estercoleros axiológicos.

El hermano del “ ninguneo” es el odio.

Según Jauretche; “ la multitud no odia, odian las minorías, porque conquistar derechos provoca alegría, mientras perder privilegios provoca rencor”.

Los ciclos populares y nacionales de gobierno( van de la mano), desde Irigoyen hasta aquí, con conducciones de todos los escalones no siempre coincidentes, han sido anómalos en el buen decir de Ricardo Forster. Bien, ahora, una nueva anomalía esta por parir.

En la preocupación de una desgarrada despedida de Raúl Alfonsín citaba como más importante la derrota cultural con el menemismo que venía para quedarse.

Todo gobierno deja su marca; lo de éste (gobierno) no es nuevo, sino renovado con viejos odios y clasismos solapados.

Es odio “pasteurizado”, que se ha sofisticado, instrumentalizado y maquillado (minuciosamente) hasta parecer filantropía para anestesiar, con palabrerío moralista, mientras ponen cara de “buenos”. Pero muta paradójicamente y abandonando fuertes postulados ideológicos, en virtud de una conveniencia electoral que los lleva a “ patear” los barrios y despojarse mágicamente del prejuicio de “contagio”, vaya a saber de qué epidemia de los planeros. Democracia electoral para ser elegidos como derecha institucional bien declarada, lo único preocupable y que se intenta remarcar, el resto de las demandas democráticas no han sido atendidas, ni siquiera aceptadas, ni consideradas.

Se olvidan como ningunearon, que gobiernan, pero no hablan, no informan y se dirigen exclusivamente con sus acciones a un sector determinado de la población, su núcleo duro, sus adherentes, gente como uno ( como se decía en los 70) el resto está fuera de sus ideas y consideración.

Han hecho mucho para que el trabajo, el de la subsistencia, el de todos los días, el de todos, parezca una actividad individual e independiente al margen de las “leyes” económicas del capitalismo. Emboscadas para ocultar el odio a los trabajadores; para no pagarles el seguro social ni derecho laboral alguno. Para minimizar “costos” y dar por muerto el pago de horas extras, viáticos, las “cargas sociales” y otras remuneraciones consideradas como derechos adquiridos y disfrazar una crisis sin precedentes, siendo apuntados los dependientes como el problema en sí. Odio disfrazado de modernidad administrativa. Influyendo enormemente y minando la función social de la sociedad, ya no del gobierno. O tal vez no, tal vez allí aparezca la verdadera dimensión de un pensamiento, declarado públicamente sin más cosméticos en estos últimos tiempos, y en boca de los principales dirigentes que han llevado adelante el ADN y la columna vertebral del gobierno que se está retirando. Se ha vuelto parte del paisaje y transita los diarios, los noticieros, las relaciones familiares y, desde luego, las relaciones jurídicas. Donde menos lo imaginas habita, todo o en partes, el odio de clase convertido en moral de época.

Debemos reflexionar y frenar como sociedad la propagación del discurso del odio contra migrantes y contra todos los grupos llamados “minoritarios”. Contra el odio a los negros de mierda y de siempre, a los líderes sindicales, a los movimientos emancipadores, a los mandatarios de las naciones progresistas. Contra el odio desatado y cultivado en las “redes sociales”. Frenar el odio generalizado para amenazar a la voluntad democrática de los pueblos. Contra el odio para sofocar el disenso legítimo, la libre expresión popular, el derecho a vivir mejor, aunque sea ilusorio y, además, exigir que cesen las operaciones con mecanismos “tecnológicos” (o como quieran llamarlos) por donde transita el odio de clase y la violencia burguesa disfrazada de “libertad de expresión”.

No existe en el marco basal de esta reflexión, acusar a nadie, no es una advertencia, ni siquiera un peligro inminente, tampoco lo que sí sería más gratificante si cabe la expresión en este preocupante panorama, que cada uno aparezca como realmente Es y Piensa, desde allí podremos edificar y convivir en el disenso. Mientras tanto prima la preferencia de las mayorías, en el marco de la democracia, aunque analicemos que a veces o siempre mandan las minorías poderosas, aunque como dijo quien supo cimentar las esperanzas modernas, Nadie dijo que iba a ser fácil.

(*) Periodista de LA DORREGO.

 

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