Política

La campaña en el desierto

La aparición de afiches en la vía pública con un enigmático Juan XXIII en campaña es el punto de partida que elige el autor para pasar revista a los aprontes pre-electorales de candidatos ya lanzados y candidatos por lanzarse.

Nota escrita por Fernando Rosso en El Diario Ar

La confusión que generó la aparición de afiches en la vía pública con un enigmático Juan XXIII pinta el desorden del escenario político en el inicio del año electoral ¿Pertenecían a Juan Manzur que intenta encontrar —de una vez por todas— su famoso volumen político con una candidatura que se le caiga encima? ¿Buscaban apuntalar a la flamante alianza entre el cordobés Juan Schiaretti y salteño Juan Manuel Urtubey que van por un nuevo proyecto peronista libre de humo kirchnerista? ¿Pertenecían a Juan Grabois y a sus reconocidas inclinaciones hacia el lado papista de la vida?

Estos dirigentes son sólo algunos de los que integran la danza de nombres para una eventual candidatura presidencial en el universo oficialista luego de la renuncia de Cristina Fernández de Kirchner a participar personalmente de la contienda.

Otro es el inefable Daniel Scioli. Aunque no lo veamos, Scioli siempre está. Por estos días confesó que si Alberto Fernández no se postulaba, él estaba dispuesto a jugar siempre con fe y esperanza e incierto programa económico-político. El chaqueño Jorge Capitanich no habla de candidaturas, pero cumple con todas las prácticas de un postulante activo. Eduardo “Wado” de Pedro, el delfín de Cristina Kirchner, tan apreciado en el universo kirchnerista como desconocido en la sociedad, también hace su aporte a la confusión general. Y como si pensara que el no ya lo tiene asegurado, Alberto Fernández se tira un lance con una extraña combinación: una ofensiva contra la Corte Suprema (en uno de los momentos de mayor debilidad política), un spot de charla motivacional pos-mundialista en el que destaca las capacidades intrínsecas de la sociedad argentina y la incorporación a su equipo de Antonio Aracre, exejecutivo de la multinacional china Syngenta, que comenzó proponiendo sin pelos en la lengua una flexibilización laboral. Finalmente, Sergio Massa que avisa que su candidatura está condicionada por los números: especialmente por una inflación intratable y las encuestas, por ahora, adversas.

En la oposición de Juntos por el Cambio la situación es distinta, pero no diametralmente diferente. La filtración de los dadivosos mensajes del teléfono endiablado del ministro Marcelo D’Alessandro —licenciado por Horacio Rodríguez Larreta— golpeó políticamente al jefe de Gobierno porteño como nunca antes. Larreta, que hasta ayer nomás se consideraba candidato natural del espacio opositor de derecha, comenzó el año electoral con un escándalo del que se aprovechan propios y extraños. Y todavía falta que vean la luz los secretos que encierra el celular de Diego Santilli que también fue hackeado por alguna mano invisible del mercado de los espías.

Larreta combina el affaire de las filtraciones con una campaña playera a la que se le ven todos los hilos: entra con gorra al unánime mar, saborea panchos con demasiado kétchup, revolea el tejo a la que te criaste, patea una pelota en la arena como si jugara al fútbol, posa con Gerardo Morales, Martín Lousteau y Diego Santilli emulando a los Beatles en Abbey Road o “surfea” en Chapadmalal con una persona que le sostiene la tabla mientras traga agua salada. El meme se hizo solo. La campaña para “ablandar” a Larreta explora un peligroso límite que lo acerca a ese lugar del que es difícil volver: el ridículo.

En ese contexto, Patricia Bullrich se mantiene al acecho y Mauricio Macri se permite arbitrar —y seguir especulando con una eventual candidatura— en una coalición que tampoco le encuentra la vuelta a uno de los problemas más difíciles de resolver en la representación política: la sucesión.

La ausencia de liderazgos nítidos caracteriza a las dos coaliciones y la multiplicación de candidaturas es una consecuencia lógica. Tanto como la proliferación de operaciones llevadas adelante por bandas más o menos orgánicas de servicios de inteligencia que reportan a distintas terminales y la judicialización de la política que es un signo de los tiempos.

Hablar de crisis de los partidos a esta altura de la soirée es afirmar poco menos que una perogrullada. Hoy cruje el sistema bicoalicional que reemplazó al bipartidismo luego de la implosión de 2001. Un fenómeno que afecta al continente y que tiene por estas horas expresiones extremas en Brasil con el putschismo de derecha de los energúmenos bolsonaristas que pretendieron asaltar Brasilia o en Perú donde la crisis política permanente se trasladó a las calles y tomó la forma de una rebelión popular con eje en el sur del país.

Los libertarianos de Javier Milei se muestran como los principales beneficiarios de la crisis de las coaliciones tradicionales. Sin embargo, la Encuesta de Satisfacción Política y Opinión Pública difundida recientemente por la Universidad de San Andrés ubica a los libertarianos con el 10 % de intención de voto, mientras que Juntos por el Cambio alcanza el 22 % y el Frente de Todos el 19 %. Pero, además, existen cuestiones más estructurales en la fisonomía política de este espacio. En un artículo publicado en la edición de enero (2023) de Le Monde Diplomatique (Cono sur), el sociólogo Ezequiel Ipar analiza el fenómeno mal llamado “libertario” y destaca su avance, pero asegura que la otra cara de la moneda —según un trabajo de investigación realizado recientemente por el Programa Mediciones EIDAES-LEDA de la Universidad de San Martín— es que Milei no consigue despertar en las juventudes “el apoyo de las mujeres (el 60 % de sus votantes jóvenes son varones), ni logra una adhesión que dure en el tiempo; tampoco obtiene un apoyo cerrado a su programa afirmativo. Estas dificultades son, por un lado, propias del tipo de politización despolitizadora que promueve el neo-conservadurismo agresivo de Milei, plagado de exclusiones, prejuicios y violencias (…) Funciona porque expulsa (a las mujeres, las diversidades, los trabajadores estatales) y no busca que la juventud permanezca activa en la vida pública. Esto le pone un límite a su capacidad de construcción basada en la política del backlash cultural. Al mismo tiempo, los jóvenes que se sienten atraídos por el discurso de Milei parecen siempre a un paso de llegar a la conclusión de que la realización plena de su programa político los dejaría trágicamente del lado de los perdedores. Por eso muchos de sus seguidores, sobre todo en los sectores populares, prefieren elegirlo sin escucharlo hablar, porque cuando escuchan el modelo de sociedad hacia el que apunta su discurso se vuelven evidentes las contradicciones con los intereses de esas mismas juventudes”.

El fogoneo unilateral a la formación libertariana que se presenta tiene varios motores: el interés de los factores reales de poder por instalar y sostener una agenda “de máxima” que marque el tono y los temas de la discusión pública y la estrategia malmenorista que asegura desde hoy que toda salida a la crisis será por derecha (o peor, por “ultraderecha”) y que, por lo tanto, hay que resignar aspiraciones y apoyar al mal menor de turno.

Hay que hacer un esfuerzo importante para negar que el retroceso de las coaliciones tradicionales no decantará un sector por izquierda (más con CFK fuera de la cancha) canalizable por el Frente de Izquierda y de los Trabajadores como ya sucedió en las elecciones de 2021.

En el fondo, si la disputa política se traslada a los tribunales, a los “sótanos de la democracia” o a las bizarreadas de hombres mayores dando vergüenza en Tik Tok se debe a que los programas económicos o políticos no difieren cualitativamente. Las dos coaliciones adhieren al programa del “partido del Estado” que impuso el Fondo Monetario Internacional para el próximo periodo.

Massa acaba de pactar con una decena de sindicatos (UTA, UOCRA, textiles, Comercio, Smata, Sanidad y UPCN, entre otros) una paritaria anual del 60 % “con revisión” cuando la inflación del año que acaba de terminar alcanzó el 94,8 %. De esta manera, consolida el fenomenal derrumbe de salarios y jubilaciones que tuvo lugar en el último lustro e intenta nuevamente que los salarios se transformen en el ancla de la inflación.

Junto al cumplimiento religioso de los pagos de la deuda y las metas impuestas por el FMI, el ajuste fiscal y la caída salarial conforman un “núcleo de coincidencias básicas” que une más de lo que divide a las dos coaliciones. Una hoja de ruta que bien mirada es muy “Cambiemos 2015”, con los tarifazos “gradualistas” incluidos que, en el caso del gas, comenzarán a golpear fuerte en el próximo invierno.

Más allá de si un eventual balotaje impone una “polarización forzada” (esa es la naturaleza de todo balotaje), la expresión política de una marcada polarización social transita entre el “partidismo negativo” (respaldos caracterizados por el rechazo al otro antes que por una adhesión afirmativa) y una despolarización en un escenario abierto como no se veía desde hace por lo menos dos décadas. (20-01-23).

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