Sociedad País

Por favor no bombardeen (el sur de la provincia de) Buenos Aires

Escrito por Diego Valeriano en Panamá Revista

La guerra de Malvinas es mi primer recuerdo posta. Mi memoria se inaugura con ese acontecimiento. Antes, nada. Por ahí algo familiar, algo de mis viejos, pero creo más por repetición de anécdotas que por otra cosa. Un accidente de mi mamá en el patio que terminó en el hospital, cuando nos robaron las gomas del Chevrolet, algo de un tío que dejó a la novia en el altar. Pero esos recuerdos no son míos. Son imágenes que se me fueron construyendo de tanta repetición familiar. Pero Malvinas, eso es mío propio.

La guerra inaugura mi memoria. Cuando se habla de las islas siento que se habla de mi infancia. Fueron pocos meses, pero mis pocos meses, mi bautismo con eso que no era mi familia. Había un mundo, había una guerra. Mis primeros recuerdos de que algo más estaba pasando además de mamá, papá, yo. Mi primera charla de verdad con mi viejo fue el 2 de abril, cuando volvíamos de la escuela. Cinco cuadras en las que me explicó lo que estaba pasando. Cinco cuadras en las que me trató por primera vez de otra manera. No digo como adulto, pero sí de otra manera.

No me acuerdo nada del Mundial 82. Imagino que vi todos los partidos en casa con mi viejo, pero no me acuerdo absolutamente de ningún partido, ninguna sensación ni una imagen. Ni festejos, ni el Diego, ni derrotas. Pero de Malvinas sí.

De Malvinas tengo imágenes muy vividas. Una charla por teléfono de mi mamá con mi hermano, que estaba estudiando en La Plata. La sensación de miedo de ella. Mi viejo discutiendo en la calle con un tipo. Julián contándonos que a su hermano le había llegado una carta. La directora de la escuela hablando frente a todos para contarnos cómo iba la guerra. En la tele, unos aviones volando bajito.

Las Malvinas son mi aula de primer grado, la escuela, la sirena de los bomberos sonando, cierto desconcierto, ¿bombardeo o incendio? La de música cantando “Tras un manto de neblina”. En el pueblo estábamos en guerra, en mi infancia estuve en guerra. Frente a un bombardeo en la escuela nos enseñaron que teníamos que poner las mesas contra las ventanas y ponernos abajo. Todavía me acuerdo de esas mesas marrones de madera, los ventanales enormes que daban al patio. La emoción, el entusiasmo, el miedo.

No me acuerdo de haber escrito cartas para los soldados, ni de donar chocolates, ni nada de eso que me enteré después. Una vez fuimos a la estación de trenes a saludar a unos soldados que iban o volvían. Todo el pueblo fue a saludarlos. Era de noche. Estábamos muy emocionados, ellos no. Yo fui con mis vecinos, mis viejos no quisieron llevarme. Nunca había visto un tren con pasajeros.

No siempre donde nacemos está en el mapa, menos en esos años, menos después. Pero de repente estábamos en el mapa. Por algún motivo que hoy me parece absurdo, vivíamos como si los ingleses nos fueran a bombardear durante la noche. Como si nos tuvieran señalados en un mapa. En ese lugar del sur de la provincia, con unos cinco mil habitantes, sin nada militar, sin nada estratégico, sin nada, sentíamos que nos podían bombardear.

Por las noches la municipalidad cortaba las luces de la calle y, en las ventanas, poníamos diarios, cartones, frazadas, bajábamos las persianas, prendíamos solo las luces necesarias. Ni una gota de luz podía filtrarse. Sonaba la sirena de los bomberos y todo comenzaba a oscurecerse. Ni los autos podían usar las luces. La posibilidad de que nos bombardearan me hacía sentir miedo y un poco de orgullo. En el oscurecimiento no hay metáfora. Es algo que pasaba, que me pasaba.

Malvinas es un montón de cosas. Para algunos, oportunismo electoralista, memoria, monetización, soberanía, sobreactuación, justicia. Es un cliché y algo muy genuino. Para mí, es infancia, caminar con mi viejo de la escuela a casa hablando de verdad y esas noches en las que apagábamos las luces, bajábamos las persianas, camuflábamos el miedo y pedíamos por favor que no nos bombardearan. (09-09-26).

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