Se fue Messi, queda la eternidad / Nota del dorreguense Sebastián Taján en AS Colombia
El jugador más importante de la historia dio la noticia que nadie quería saber, aunque lo sabíamos. ¿Qué será de nosotros sin vos?
Algún día iba a pasar. Lo sabíamos todos.
Lo sabían los chicos que crecieron con tu camiseta número 10 en la espalda, los padres que envejecieron viendo tu magia, los abuelos que te compararon con El Diego, los que te discutieron, los que te defendieron, los que te pidieron perdón demasiado tarde y los que entendieron desde el primer día que estaban frente a algo que no volvería a repetirse.
Algún día ibas a dejar la Selección Argentina. Bueno, ese día llegó. Y desde hoy el fútbol ya no es exactamente el mismo.
No porque se retire un jugador. No porque se vaya un número diez. No porque termine una carrera internacional llena de récords, títulos, goles, asistencias, finales, heridas y redenciones. Eso, con ser enorme, no alcanza para explicar el tamaño de este silencio.
Se va algo más. Se va el emblema. Te vas, y esta vez es para siempre, Leo. Durante dos décadas fuiste nuestra patria portátil. Una bandera sin fronteras. Una forma de reconocernos en cualquier lugar del mundo. Un idioma universal. Una zurda que nos hizo sentir menos solos. Un apellido que podía pronunciarse en Rosario, en Buenos Aires, en Bogotá, en Barcelona, en Miami o en cualquier potrero remoto y significar exactamente lo mismo: esperanza.
Hoy escribiste que te “duele en el alma”. A nosotros también, Capitán. Pero tal vez la frase más dura de tu carta no sea esa. Tal vez la expresión que de verdad nos quiebra al pueblo futbolero argentino sea otra. Más simple, más seca, casi insoportable: “me vacié”.
Te vaciaste. Y uno, que te vio llenar tantas veces la vida de los demás, no sabe muy bien qué hacer con esa confesión.
Porque durante años te pedimos todo. Primero te pedimos que fueras Maradona. Después, que no fueras Maradona. Te pedimos que cantaras el himno, que hablaras más, que sonrieras menos, que te enojaras, que ganaras, que lideraras, que no te fueras, que volvieras, que nos perdonaras, que nos salvaras. Te pedimos que cargaras con un país entero cada vez que la Argentina necesitaba sentirse mejor de lo que era; o de lo que, como sociedad, estábamos.
Y vos, casi siempre, cargaste. A veces en silencio. A veces con lágrimas. A veces con esa cara de niño triste que parecía pedir disculpas incluso cuando no debías nada.
Durante mucho tiempo, Argentina no supo quererte bien, Lio. Te admiró, te exigió, te comparó, te lastimó. Te puso sobre los hombros una mochila imposible: la de reparar todas las frustraciones de una generación que no encontraba consuelo. Y aun así volviste. Después de 2016, cuando dijiste basta, volviste. Lo hiciste para intentarlo otra vez. Regresaste para perder un poco más. Te transformaste para ganar todo: La Copa América. La Finalissima. El Mundial de Qatar. Otra Copa América. Otra final del mundo. Volviste hasta transformar una historia de deuda en una historia de gratitud.
Por eso esta despedida no se parece a la de 2016. Aquella fue una herida abierta, una renuncia nacida desde el dolor y la incomprensión. Esta es otra cosa. Esta es una puerta que se cierra remisamente. Una carta escrita por un hombre que ya no necesita demostrar nada, pero que igual pide permiso para irse. Como si todavía sintieras que le debes algo a alguien.
No, Leo. Ya no. Ahora el que queda en deuda con vos es el pueblo. Somos nosotros.
Porque con vos no se va solamente el mejor jugador de la historia. Se va el último gran puente entre los que vimos a Diego y los que solo te conocieron a vos. Se va el futbolista que hizo convivir la belleza con la resistencia, el talento con el sufrimiento, la genialidad con una paciencia casi cruel. Y se va, sobre todo, el capitán de la reconciliación.
Ese mismo que nos enseñó que también se puede llegar tarde a la felicidad. Que no todo amor se entiende a tiempo. Que hay vínculos que necesitan atravesar la culpa para volverse verdaderos. Argentina te terminó amando como debió amarte desde el principio: sin condiciones, sin tribunales, sin exigirte certificados de argentinidad cada vez que una pelota pegaba en el palo. Y fue justicia. Justicia divina.
La Selección cambia para siempre.
Habrá otros cracks. Habrá otros líderes. Habrá otros mundiales, otros himnos, otros chicos pidiendo la pelota, otros apellidos nuevos intentando escribir su historia. Argentina seguirá. Siempre sigue. Tiene talento, tiene potrero, tiene una cultura competitiva que no depende de un solo hombre. Tiene a Scaloni (al menos hasta diciembre), tiene una estructura, tiene una generación que aprendió a ganar y también a perder sin romperse.
Pero no tendrá a Messi. Y esa frase todavía cuesta escribirla.
No tendrá esa pausa antes del pase. Ese cuerpo inclinado como si discutiera con la gravedad. Esa zurda que encontraba puertas donde los demás solo veían paredes. Esa manera suya de caminar el partido hasta que el partido se entregaba. Ese extraño poder de hacer que millones de personas respiraran distinto cuando la pelota le llegaba a tus pies.
Desde hoy, la pelota argentina tendrá que aprender otra música. Vos decis que ahora serás uno más de nosotros, alentando desde afuera. Pero no podrás ser uno más. Nunca lo fue, Pulga. Serás el hincha más ilustre de una Selección que vos mismo ayudaste a construir…
Porque los jugadores se retiran. Los símbolos no. Los símbolos quedan dando vueltas en la memoria colectiva, como una canción que nadie puso, pero todos escuchan. Quedan en una camiseta guardada, en una foto familiar, en un relato de padre a hijo, en el video que alguien volverá a mirar desvelado, y sin conciliar el sueño, una madrugada cualquiera para comprobar que sí, que existió, que no lo soñamos.
Messi existió. Sos de carne y hueso, Leo. Y sos argentino. Sos más argento que el dulce de leche. O que el tango. O que el asado. Quizá por eso tu última frase pega tan fuerte. “Gracias Dios por hacerme argentino”, pusiste de tu puño y letra. Como si necesitaras agradecer algo que, en realidad, deberíamos agradecerte nosotros.
Gracias por elegirnos cuando España te quería. Gracias por volver cuando te habíamos herido. Gracias por insistir cuando ya no quedaban argumentos. Gracias por regalarnos Qatar. Gracias por hacer del fútbol una forma de abrazo nacional. Gracias por ser, durante veinte años, la mejor excusa para creer y ser felices
¿Qué será de nosotros sin vos? Lo sabremos con el tiempo. Hoy no hace falta responder. Hoy solo corresponde hacer silencio, ponerse de pie, aplaudir y decirte: ¡Gracias, Leo! (03-09-26).



