La ciudad

Endeudamiento familiar: cuando la empatía no es política de Estado

“Nadie les puso una pistola en la cabeza”. La frase que usó Javier Milei frente al endeudamiento de las familias solo hace mención a la responsabilidad individual, pero deja de lado un aspecto clave: comprender qué lleva a una familia a endeudarse cuando sus ingresos ya no alcanzan para cubrir necesidades básicas.

Por Pablo Javier Marcó

Cuando Javier Milei se refirió a las personas que tienen dificultades para afrontar sus deudas y preguntó si alguien les había puesto “una pistola en la cabeza” para endeudarse, expresó una idea que atraviesa buena parte de su concepción política: cada persona toma sus decisiones y debe hacerse cargo de sus consecuencias, sin intromisión del Estado.

Es una mirada posible sobre la responsabilidad de cada cual. El problema aparece cuando esa perspectiva se convierte en la única respuesta frente a una realidad que afecta a millones de personas.

No es lo mismo endeudarse para comprar un bien que hacerlo porque el sueldo no alcanza para llegar a fin de mes.

En el primer caso puede haber una decisión de consumo. En el segundo, muchas veces hay una necesidad.

Y ahí aparece una palabra, tan usada en estos tiempos, que parece ausente en la respuesta oficial: empatía.

La empatía no significa perdonar las deudas ni que el Estado deba hacerse cargo de las decisiones financieras de cada ciudadano. Significa entender que detrás de una deuda también hay una familia tratando de sostener su vida cotidiana.

Los datos muestran que no se trata de casos aislados. Más de 20 millones de adultos tienen algún tipo de deuda y cerca de seis millones se encuentran en situación de mora. UNICEF registró, además, que el endeudamiento de los hogares con niñas, niños y adolescentes llegó al 31% y alcanza el 45% cuando se incorporan préstamos mediante billeteras virtuales, aplicaciones y mecanismos informales. También aumentó el uso de tarjetas para comprar alimentos.

Cuando una familia empieza a utilizar el crédito para cubrir necesidades básicas, el problema deja de ser solamente financiero. También habla de sus ingresos. De cuánto alcanza un salario. De cuánto cuesta vivir. De qué margen queda después de pagar el alquiler, los alimentos, los servicios y el transporte. Y habla, finalmente, de qué ocurre cuando aparece una emergencia y ya no existen ahorros para afrontarla.

Por eso la pregunta no debería ser únicamente por qué una persona se endeudó. También habría que preguntar por qué necesitó hacerlo.

Un Gobierno puede defender el equilibrio fiscal, reducir el gasto público y sostener que cada ciudadano debe responder por sus obligaciones. Todo eso puede formar parte de su política económica, más allá de que las experiencias neoliberales no han terminado bien en el país (el ejemplo más claro fue el estallido de 2001).

Gobernar también implica mirar qué sucede con quienes quedan en una situación cada vez más difícil. Milei llegó a la Presidencia prometiendo transformar profundamente la Argentina. Su discurso se construyó, en buena medida, sobre la responsabilidad individual y sobre la idea de que durante años el Estado había intervenido demasiado en la vida de los ciudadanos.

El problema con el que choca esa concepción, en el caso específico que nos ocupa, es cuando el endeudamiento empieza a convertirse en una (obligada) estrategia para sobrevivir.

Nadie debería esperar que el Estado pague las deudas de todos. Pero tampoco debería esperar de un Gobierno únicamente una respuesta contractual: usted pidió el dinero, usted debe pagarlo.

Detrás de esa deuda puede haber alguien que eligió. Pero también puede haber alguien que no encontró otra salida.

Y la política (el gobierno, Milei) debería ser capaz de distinguir ambas cosas.

La frase “nadie les puso una pistola en la cabeza” puede ser correcta en términos formales. Pero gobernar no consiste solamente en determinar quién tomó una decisión. También consiste en preguntarse bajo qué condiciones esa decisión fue tomada.

A veces no hace falta una pistola para sentirse obligado.

Alcanza con que el sueldo no alcance.

Alcanza con que haya que llenar la heladera.

Alcanza con una enfermedad, una reparación inesperada, un alquiler que aumenta o una familia que llega al final del mes sin dinero.

La empatía no elimina la responsabilidad. La humaniza.

Y esa diferencia importa.

Porque un Gobierno puede exigir que los ciudadanos cumplan con sus obligaciones y, al mismo tiempo, preguntarse qué está ocurriendo cuando cada vez más familias necesitan endeudarse para sostener gastos esenciales.

La pregunta no es solamente por qué las familias se endeudan.

Es por qué sus ingresos ya no alcanzan.

Y esa pregunta, además de económica, es profundamente política. (19-08-26).

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