Santa Rosa
Al previsible temporal climático se le suma el huracán político en pleno desarrollo.

NOTA DE NÉSTOR MACHIAVELLI EN LA NUEVA.
No hay despedida de agosto sin temporal de viento y agua, asociada a Isabel Flores de Oliva, la peruana de la estampita, más conocida como Santa Rosa de Lima.
Cuenta la leyenda que en 1615, cuando los limeños enfrentaban el ataque despiadado de piratas holandeses del Pacífico, Isabel convocó a los vecinos a rezar. La tormenta que desató el cielo dispersó a los corsarios y el episodio quedó en la memoria como un milagro celestial.
Ahora, al previsible temporal climático se le suma el huracán político en pleno desarrollo, de desenlace y repercusiones impredecibles en medio de las elecciones provinciales que asoman a la vuelta de la esquina.
Portales, TV, radios y redes sociales informan minuto a minuto los avatares del escándalo, hay ansiedad pública por el desenlace, alta demanda de consumo.
Una encuestadora preguntó a los entrevistados cuál había sido el tema dominante del almuerzo familiar del último domingo. La denuncia de supuestas coimas en la compra de medicamentos para personas con discapacidad se impuso por goleada.
La corrupción, que había descendido varios puestos en la agenda de preocupaciones cotidianas, dio un salto exponencial y hoy está al tope del listado, por encima de la inseguridad y la situación económica.
Estamos habituados a que un escándalo borre al anterior, pero esta vez la intensidad y permanencia del tema en la agenda no cede y amenaza con amplificarse. Con tanta catarata de noticias y trascendidos de lo que ocurre puertas adentro, pasamos de largo lo que sucede afuera.
Que el árbol no nos tape al bosque, con solo repasar algunos titulares internacionales se encienden las alarmas:
• Francia ordena a sus hospitales prepararse desde ahora para la guerra y recibir miles de soldados heridos; Macron apoya la intervención Europea en defensa de Ucrania e imagina a su país como retaguardia de un conflicto generalizado de final incierto que es mejor no imaginar.
• Un ataque ruso sobre Kiev provocó dieciocho muertos y dañó la sede de la Unión Europea en la capital de Ucrania.
• Dos bombardeos israelíes contra un hospital en el sur de Gaza mataron a veinte personas, entre ellas cinco periodistas.
• Estados Unidos despliega barcos de guerra, submarinos y aviones cerca de las costas de Venezuela. Nadie invierte sin motivos cientos de millones de dólares en semejante movilización.
Mientras esto ocurre en tiempo real, se publican comentarios de un inquietante libro de reciente aparición sobre IA, escrito por Adam Becker, periodista y astrofísico norteamericano.
El propio autor lo resume: “Se trata de los planes que los multimillonarios tecnológicos tienen para el futuro: escapar de la muerte (la inmortalidad), construir tiranos de inteligencia artificial y promover un crecimiento ilimitado. Según Elon Musk, Jeff Bezos, Sam Altman y otros, el único futuro posible es con billones de humanos en el espacio, funcionalmente inmortales, atendidos por superinteligencias artificiales”.
Y concluye: “Son visiones tremendamente inverosímiles e inmorales, nacidas de un futurismo superficial y, a menudo, de una pseudociencia racista”.
Después de leerlo, cuesta dar vuelta la página y seguir con la diaria como si nada pasara.
Pese a todo llega septiembre, un bálsamo que suena a primavera. Los días se alargan, más luz, menos noche y oscuridad. Llegan las golondrinas, brotan gajos, asoman flores, también la esperanza.
Y como faro en la oscuridad resuena aquella frase luminosa de Pablo Neruda: “Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”. (30-08-25).