LA DORREGO

Repetir la historia

POR FACUNDO SEGUROLA CASTIGLIONI (*)

“La historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia del porvenir” (“Don Quijote de la Mancha” – Miguel de Cervantes Saavedra).

Con frecuencia hemos asistido en este último tiempo, en calidad de espectadores (audiovisuales), a expresiones de diversa índole asociadas a nuestra historia, desprovistas, por cierto, de todo contenido axiológico; empezando por las instituciones educativas donde la enseñanza en el aula debe erigirse sobre sólidos cimientos revestidos por el material del silencio cuando nos referimos a cuestiones políticas. Aunque, vale la aclaración, de política referida a la centuria pasada y al siglo actual, porque referirse a nuestros héroes del siglo XIX es motivo de celebración, vitoreo y ejemplo a seguir. Y cómo no serlos cuando en los actos conmemorativos, allí donde cunde el patriotismo, se exaltan las figuras de nuestros próceres, tal es el caso de Manuel Belgrano, José de San Martín o Domingo Faustino Sarmiento. Ya son parte del imaginario colectivo, son nuestros dioses vernáculos, casi perfectos. Están por encima de todo, incluso de la historia, son suprahistóricos.
Hablar de Belgrano o San Martín es apoteósico, no hay grieta posible ni expresión alguna que pueda desviar, tan siquiera, un ápice de sus condiciones de supremos. Así es posible esgrimir cualquier tipo de argumento en favor de nuestros personajes, sea quien sea que detente una idea o afición con alguna expresión política partidaria. Del laconismo que reviste expresiones como “el creador de la Bandera” o “el libertador de América” dando un salto con garrocha llegamos a manifestaciones tales como “Belgrano fue un gran emprendedor”, “nuestros patriotas deben haber sentido angustia (querido Rey) al querer separarse de España”, y ¡cómo no recordar! cuando San Martín, quien en su fuero más íntimo, acuñó para sus entrañas la celebérrima frase “sí, se puede” al momento de decidir cruzar la Cordillera de Los Andes.
Declaraciones de la más variada estirpe, creaciones arbitrarias en íntima conexión con, digámoslo de una manera esmerilada, los desvaríos de la imaginación,  nos hacen concebir la idea de que, a lo mejor, a San Martín lo sorprendió la muerte en Francia mientras en un viaje turístico, ya consumada su gesta libertadora, se aprestaba a dedicar los últimos años de su vida al periplo europeo, quizás para rememorar sus años de estudios en el viejo continente, y no que debió morir en el exilio, por más de veinte años, muchas veces acusado de traidor por no querer involucrarse en alguna que otra lucha fratricida. Y ¿por qué no pensar lo mismo de Belgrano? que viendo llegar su postrer destino de muerte decidió, haciendo muestras de altruismo, donar toda su fortuna a los más necesitados. La realidad es que Don Manuel no era afín a las prácticas filantrópicas, no porque no lo deseara sino porque, permítanme la expresión vulgar, “no tenía un peso”, y también fue objeto del escarnio y los procesamientos en su contra merced al centralismo porteño de aquellos tiempos.

La historia, elemento esencial del que se compone el acervo cultural de las naciones, de los pueblos, claro está, puede ser tergiversada, borrada o repetirse.
Respecto a la segunda de las alternativas, referidas con antelación, es dable mencionar el tristemente célebre decreto 4.161, en un intento de propagar la amnesia peronista entre la población. La prohibición llegaba hasta niveles gramaticales, al punto de impedir la combinación de tres consonantes y dos vocales, ni siquiera como forma de adjetivar para quien, con cierto grado de sorna, detenta un mentón prominente, so pena de ser condenado a prisión de hasta ¡6 años! El fundamento de tal decreto era, y figuraba en el Boletín Oficial, “prohibese el uso de elementos y nombres que lesionaban la Democracia Argentina”. Recordemos que ni a Raúl Alfonsín o a Néstor Kirchner se les pasó por la cabeza sancionar un decreto que prohíba el nombre de Jorge Rafael Videla, Emilio Massera y tantos otros genocidas que, no cabe dudas, lesionaron la Democracia Argentina; ninguno de ellos fue condenado al exilio ni nada que se le parezca, fueron enjuiciados y aplicadas las garantías del debido proceso que reconoce nuestra Constitución Nacional a través del artículo 18, que, dicho sea de paso, en el último tiempo parece haber caído en desuetudo. En estos casos, y sobre todo referido a la última dictadura militar, es necesario seguir haciendo memoria y no pretender aniquilarla o borrarla como si nada hubiera pasado.

Actualmente, y a mi forma de ver, posiblemente estemos en un proceso histórico simbiótico donde se combinan dos etapas: la despopulización o amnesia populista y el eterno retorno o repetición de la historia, donde esta última es la condición necesaria de la segunda.

La idea del eterno retorno, de raigambre filosófica cuyo fiel exponente fue Friedrich Nietzsche, aplicada a la historia de nuestros pueblos, es la siguiente: la historia no es lineal, sino cíclica. Una vez que se cumple un ciclo de hechos, estos vuelven a ocurrir con otras circunstancias, pero siendo semejantes. Lo que aquí tenemos es una sucesión de hechos con idénticos resultados a lo largo del tiempo, donde los protagonistas asumen un rol secundario, son meros instrumentos del tiempo, casi simbólicos. Viendo la situación actual esto nos permite elaborar una suerte de prognosis, un pronóstico de lo que vendrá, o a menos que seamos el resultado de un pronóstico ya realizado. Es, como dice el “Macbeth” shakesperiano, “penetrar las semillas del tiempo y decir cuál crecerá y cuál no”.

Conforme a la expuesto me permito transcribir un párrafo escrito por Felipe Pigna en su libro “Los mitos de la Historia Argentina 3”, donde relata los hechos que desencadenaron el golpe de estado de 1930 contra el presidente radical Hipólito Yrigoyen. Es menester aclarar que este libro fue publicado en 2006, en pleno auge “progresista” en la región.

“Los golpistas del futuro aprendieron en el 30 que la cosa debía empezar por el desprestigio del gobierno y el sistema a través de una activa campaña de prensa; asimismo, lograr la adhesión y el auxilio económico de los grandes capitales nacionales y extranjeros a cambio de entregarles el manejo de la economía; rebajar los sueldos y pedir sacrificios a los asalariados que luego se traducirían en una hipotética prosperidad; las arengas debían ser fascistas pero el Ministerio de Economía sería entregado a un empresario o gerente liberal al que no le molestaran mucho los discursos y las actitudes autoritarias, a un liberal que lo tuvieran sin cuidado el respeto a los derechos humanos y todos aquellos derechos impulsados justamente por el liberalismo…”

Cuando hablamos de golpe de estado, o interrupción de un gobierno constitucional con los matices que puedan tener dichas acciones y adaptadas al siglo XXI, tal infausto momento y aciago instante está en simétrico orden con la falta de verdad. Después de todo a quién le interesa la verdad cuando el objetivo está cumplido, “el fin justifica los medios” dicen que dijo Maquiavelo, o bien cuando llega la verdad ya es demasiado tarde, y nuevamente ¿a quién le interesa la verdad? Hablar de verdad o verdad a medias me remite a los versos de Machado: “¿Dijiste media verdad? Dirán que mientes dos veces si dices la otra mitad”.

Es Latinoamérica un espacio en cuyo contexto política se evalúa con lupa y hasta profundidades microscópicas el desempeño político de los presidentes, peyorativamente llamados, “populistas”. Partiendo de cuestiones de índole presupuestaria que le costaron la presidencia a Dilma Rousseff, despojada de su cargo en 2016 por medio del Impeachment, misma suerte corrió el presidente Paraguay Fernando Lugo en 2012, cuando mediante juicio político o lo que muchos llamaron “golpe de estado parlamentario” se le endilgaron entre otras causas “haber sido absolutamente incapaz de desarrollar una política y programas que tiendan a disminuir la creciente inseguridad ciudadana”. En otras ocasiones, sólo basta con dejar el poder para que se ponga en ejecución la maquinaria persecutoria cuyos principales exponentes son el, siempre fiel, binomio: medios – justicia. Por estos lares, el debut en la justicia de Cristina Fernández de Kirchner se dio con la causa denominada “dólar futuro” y se propagó en decenas de causas, cobrando especial interés la, mal llamada, “causa cuadernos”, mejor dicho, fotocopias de cuadernos, que tuvo y tiene su versión ecuatoriana, esta vez protagonizada por Rafael Correa, ex presidente, y también exiliado. Y no olvidarse de Lula, recientemente liberado (¿hasta cuándo?) condenado por haber recibido por coima un departamento de lujo que jamás habitó y que su verdadero propietario el año pasado puso a la venta, pero después de todo ¿a quién le interesa a verdad? La detención no tuvo otro efecto que impedir que participara en las elecciones del año pasado donde encabezaba las encuestas para ser nuevamente presidente. ¿En prisión sin estar la condena firme? ¡Qué importa!
El último eslabón de la cadena que faltaba cortar era el de Evo. Hasta la consumación de su derrocamiento, a mi modo de ver creía que estábamos presenciando nuevas formas golpistas pero adaptadas a la época, Fuerzas Armadas desprestigiadas por las atrocidades de antaño (Plan Cóndor) cedían a nuevas formas de presión a través de los medios y la justicia. La historia se repite con distintos protagonistas y nuevos métodos pero…¡no! En Bolivia fue la excepción, se ha reinaugurado con total eficacia la ¿nueva era de los cuartelazos? Es un deseo propio y de muchos que la salida sea la democracia y que lo ocurrido en Bolivia no tenga efecto expansivo, nuevamente, en la región. Una democracia como forma de gobierno, a la sazón en muletas, que como planteaba el diario La Nación ya aburre, “pierde atractivo” en la región; yo no lo veo tan descabellado viendo que la democracia ya no es negocio para los poderosos, para los responsables de esta restauración conservadora (o neoliberal, elija el término que quiera), tal fue el caso de Mauricio Macri que apenas duró un mandato, o lo que ocurre en Ecuador o en Chile, con Lenín Moreno y Sebastián Piñera, respectivamente, presidentes en ejercicio.

Si bien es muy prematuro para hacer un análisis pormenorizado, si existió fraude y en qué porcentaje, si eso amerita una intervención militar, si vendrá con esto las proscripciones, el proceso de desevoización para Bolivia, y con ello la restauración conservadora que aún le toca padecer al pueblo boliviano, y conocer en que estribó y cuál fue el verdadero objetivo de la destitución de Evo. Ya lo avizoró hace 13 años Felipe Pigna en el libro anteriormente citado cuando refería al golpe del 30 del siglo pasado pero que sus palabras tienen actual vigencia:

“La dictadura de Uriburu defraudará las expectativas de los sectores medios que inicialmente la habían apoyado al aplicar durísimas medidas de ajuste con efectos recesivos, comenzando con la expulsión de decenas de empleados públicos. Los gobiernos que sucedieron a Yrigoyen se desentendieron de la grave situación social y económica por la que atravesaban millones de argentinos y dedicaron los fondos estatales a favorecer a los sectores más pudientes del país.”

(*) MILITANTE POLÍTICO.

Etiquetas
Mostrar más

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Botón volver arriba
Cerrar
Cerrar