La epidemia del ruido en los pueblos del interior / Escribe Juan Ignacio Gilligan

Resultaba impensable, años atrás, que la apacible vida de los pueblos del interior se viera mortificada por una epidemia que, poco a poco, va ganando terreno y amenaza una de las principales razones por las que muchas personas elegimos vivir lejos de las grandes ciudades: la tranquilidad para descansar y trabajar.
Las motos con escapes libres y las llamadas «tiradas de cortes» se han convertido en un problema invasivo. El ruido se propaga por buena parte del casco urbano, aunque suele concentrarse en plazas, avenidas y bulevares. A esto se suman los automóviles convertidos en discotecas ambulantes, cuyos equipos de sonido hacen temblar las ventanas a cualquier hora del día o de la noche.
La situación se agrava en aquellas localidades donde algunos adolescentes circulan una y otra vez por las mismas avenidas, como si fueran pistas de exhibición. Y ni hablar de quienes viven o trabajan frente a un semáforo, donde las motos ruidosas y los automóviles con música a todo volumen permanecen detenidos hasta que la luz verde les permite continuar. Mientras tanto, estudiar, trabajar, descansar o sostener una conversación se vuelve una tarea difícil. Como todos los seres humanos, estos jóvenes también buscan llamar la atención y sentirse reconocidos, aunque algunos encontraron una manera de hacerlo a costa de los demás.
Días atrás, un agente de tránsito me comentaba las dificultades que enfrentan para controlar estas situaciones. Cuando intentan detener a los motociclistas, muchos escapan, y perseguirlos puede representar un peligro para ellos y para terceros. Es comprensible que se eviten persecuciones imprudentes, pero también resulta necesario encontrar mecanismos de prevención y control que permitan actuar sin poner en riesgo la seguridad de nadie.
La presión comunitaria, expresada a través de reclamos y denuncias cada vez más frecuentes, está llevando a distintos municipios a buscar respuestas más eficaces.
Un caso destacado es el de San Nicolás, en la provincia de Buenos Aires, donde las gestiones de Manuel Passaglia y luego de Santiago Passaglia impulsaron medidas más severas frente a las infracciones de tránsito, incluyendo la compactación de motocicletas secuestradas. La compactación no fue un capricho, sino una respuesta ante la ineficacia de las multas tradicionales, que no lograban modificar las conductas ni evitar que numerosas motocicletas terminaran abandonadas en los depósitos municipales.
La experiencia invita a considerar alternativas: actualizar las ordenanzas, fortalecer los controles, coordinar acciones con las fuerzas de seguridad y actuar sobre los talleres que realizan modificaciones ilegales de los escapes. El acompañamiento de los vecinos puede convertirse en un valioso respaldo para que las autoridades avancen en soluciones sostenidas.
Si no logramos garantizar el cumplimiento de las normas elementales de convivencia en nuestras propias calles, ¿cómo podremos resolver problemas de mayor complejidad?
La tranquilidad no debería convertirse en un privilegio reservado a quienes pueden mudarse lejos de las avenidas o instalar ventanas insonorizadas. Es un derecho de todos y una de las mayores riquezas de nuestros pueblos. (30-10-26).



