Sociedad País

No hay mejor Charly que García

Nota de Eduardo Fabregat en Página 12

Era 1990 y Charly estaba por iniciar una de esas series demoledoras en el Gran Rex, presentando Filosofía barata y zapatos de goma. Como era habitual, en la entrevista con Javier Andrade lanzó varias frases “de título”, pero una se llevó todas las palmas, fue la que encabezó el artículo en la revista 13/20: “No hay mejor Charly García que yo”.

Sigue sin haberlo.

En la Argentina hay miles y miles de Carlos y Charlies, pero basta decir “Charly” para que se figure solo uno. En la Argentina hay miles y miles de Garcías, pero García hay uno solo.

Por eso hubo una Semana García que acaba de terminar, y el viernes arreciaron las acciones y los mensajes virtuales dedicados a él, pero en realidad Charly es una presencia permanente, una frase que resume mil, canciones que resuenan una y otra vez en la fonola mental y en los parlantes y auriculares. García cumplió 75 años el viernes, pero García cumple todos los días.

¿Qué hubiera sido de nuestro rock sin él, sin Luis Alberto, sin Litto, sin Gustavo, sin Fito, sin Federico, el Indio, Miguel, Pappo, Andrés, siguen las firmas?

De los himnos hippies de fogón a los intrincados engranajes de La Máquina, a la perfecta síntesis de Serú, a una carrera solista que abrió con diez años tan perfectos que hicieron imposible que Charly pudiera competir con él mismo: quien pretenda considerar a la cultura de estas tierras sin García como presencia estelar estará viviendo en Saturno.

Charly, que cantó pequeñas anécdotas sobre las instituciones, se convirtió en una institución. No es paradoja ni contradicción: la institución-García es mucho más honrosa. Si ellos son la patria yo soy extranjero, etcétera.

A uno que pinta canas hace rato le llama la atención la fascinación hacia Charly de generaciones jóvenes que no pudieron verlo en su esplendor, que no estuvieron en esos -y otros- shows en el Gran Rex o el Luna Park u Obras en los que reclutaba a los mejores músicos del medio, se encerraban dos meses a ensayar horas y horas y salían y arrasaban con el escenario. Pero es que Charly atraviesa los tiempos, y a uno lo conmueve y le duele su estado de salud, sus dificultades, la pesada factura que le ha pasado una existencia a mil. Pero García, como todo grande, no tiene edad. No importa cómo está Charly hoy, importa quién es Charly hoy, ayer, mañana, en todo momento.

¿No ves que el mundo gira al revés?

Cuando se examina en retrospectiva, resulta curioso que en algún momento haya cantado “mientras miro las nuevas olas, yo ya soy parte del mar”. Aún antes de que Calamaro patentara eso del salmón, García hizo de nadar contra la corriente una costumbre. El fin de los ‘60, con Onganía en el poder, no era el ecosistema más apropiado para un hippie pelilargo de canciones que animaron miles de fogones de jóvenes igualmente sospechosos. Cuando todos querían más canciones para mi muerte y piedras rasguñadas -y hubiera sido el camino más fácil-, pateó el tablero y buscó fundirse en una identidad grupal con La Máquina de Hacer Pájaros. No funcionó: Charly siempre se relacionó con músicos talentosos, pero él iba demasiado a menudo con una marcha más.

La historia se repitió con Serú Girán, y hay que remarcar una vez más la profundidad de la huella que dejó junto a David Lebón, Pedro Aznar y Oscar Moro en solo cuatro, fulgurantes años. De 1978 a comienzos de 1982, García perfeccionó ese arte que ya asomaba en Sui Generis y La Máquina (“La paranoia es quizás nuestro peor enemigo…”): retratar la siniestra realidad circundante de modo que su gente lo entendiera de inmediato y los represores de turno lo siguieran considerando un monito inofensivo. Detrás de la belleza de “Seminare”, “Desarma y sangra” o “Cinema Verité” coló pinturas de época horrible como “Los sobrevivientes”, “Canción de Alicia en el país”, “Encuentro con el diablo”, “Viernes 3 AM”.

Pero cuando todos querían que Serú siguiera, aunque fuera sin Pedro, otra vez enfrentó la corriente. Y lo apenas esbozado en Yendo de la cama al living se convirtió en trompazo sonoro con Clics modernos. Ni canciones de fogón ni extensas suites progresivas: de pelo corto y sonido neoyorquino, se rió de las acusaciones de “comercial” y se puso gozosamente a la par de modernos vilipendiados como Virus, Los Abuelos de la Nada, Soda Stereo.

La misma táctica aplicada a la etapa Say No More, tres palabras extraídas de los Beatles clásicos de Help! para lanzarse a un terreno de experimentación incluso excesiva, capas y capas barnizadas de aerosol, vanguardia y collage sonoro cuando el mundo se volcaba al renacimiento del rock áspero y despojado de la mano de Nirvana.

Charly zambulléndose desde una alta ventana en Mendoza. La entrada es gratis, la salida vemos.

Será por eso que García cruza generaciones con semejante naturalidad. Del Vida de 1972 a La lógica del escorpión de 2024 hay un universo tan amplio como para admitir a toda clase de oyentes. Y eso se complementa con el personaje-Charly, que más de una vez lo acercó a bordes más peligrosos que el de la pileta. Hizo enojar a Hebe, nada menos, con aquella peregrina idea de los muñecos tirados al río: haciendo honor a eso de “No pienses que estoy loco, es solo una manera de actuar”, resolvió el asunto archivando la iniciativa y juntándose con la Madre para una charla reparadora, reflejada en la tapa de este diario allá lejos y hace tiempo.

Un gran álbum de figuritas en el que cada cual atesora su García favorito. Un desfile del blanco y negro a la imagen HD, una galería de todos los Charlies posibles, un recorrido multiestilístico que sin embargo es presente una y otra vez, explica su vigencia más allá de que ya no lo podamos ver sobre un escenario. Porque la paranoia sigue siendo nuestro peor enemigo. Porque los brujos siempre piensan en volver. Porque hay un horrible monstruo con peluca que hace que baila con la banda en la ruta, pero en verdad se roba el oro. Por los dinosaurios, los carceleros de la humanidad.

No te olvides de mí, canta, como si eso fuera posible.

El mismo día de su cumpleaños 75, en la Argentina se consumó otra prueba de la podredumbre del partido judicial. Y Charly nos volvió a cantar, nos volvió a entender, nos volvió a representar: los inocentes son los culpables, dice su señoría. Están pasando demasiadas cosas raras para que todo pueda seguir tan normal. La canción como código nuestro, como consuelo, como catarsis, como explicación y caricia. La sensación, la convicción de que no hay, no habrá nunca, mejor Charly que García. (25-10-26).

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