Cultura

En 1985, la Argentina

Nota escrita por Fabiana Rousseaux en ContraEditorial

En los últimos años muy pocas películas han logrado producir dos escenas simultáneas: una que acontece en el film mismo y otra que se despliega en las salas y a su salida, con las espectadoras y los espectadores. Es un hecho notable que interroga y es lo que sucede con el film Argentina, 1985. ¿Qué sucede allí? ¿Qué retorna? ¿Qué convoca?

Hay muchas lecturas al respecto durante estos días y todas ellas tienen un poco de verdad. Me interesa analizarlo desde la ritualidad que despliega el aplauso, no tanto el del final –como en cualquier película– sino en el momento donde el fiscal Strassera pronuncia la frase que recorrió el mundo, “Señores jueces, Nunca Más”, y el público se funde en su aplauso con la sala de audiencias, como si estuviera presenciando aquel momento. A su vez, es muy probable que a ese aplauso se plieguen muchas “madres de Moreno Ocampo”, representantes de una clase media que incluso ni siquiera hasta la actualidad hayan hecho el giro que se muestra en esta mujer en el film, y es incluso probable que muchas de esas personas no hayan cambiado sus posiciones respecto de la “teoría de los dos demonios”. Sin embargo, aplauden y lloran.

La contundencia de esa frase, luego de la potencia arrasadora de los testimonios, convoca a una sensibilidad diversa, heterogénea, sostenida en múltiples versiones de la historia, y quizás allí radique paradójicamente un núcleo de verdad respecto de la excepcionalidad que ha tenido el proceso argentino en materia de juzgamiento por crímenes de Estado.

Me interesa analizarlo desde la ritualidad que despliega el aplauso, no tanto el del final sino en el momento donde el fiscal Strassera pronuncia la frase que recorrió el mundo, “Señores jueces, Nunca Más”.

Cuando nos referimos a esa excepcionalidad, tenemos que tener en cuenta que no se crearon tribunales especiales para llevar a los estrados judiciales a los responsables, sino que todo se organizó en y desde los llamados tribunales ordinarios, lo cual significa que los propios jueces que conforman el Poder Judicial e intervienen en otro tipo de causas penales debieron asumir estos juzgamientos.

En el film se deja ver hasta qué punto en ese año, 1985, la connivencia del Poder Judicial con quienes cometieron los crímenes más atroces estaba cuasi intacta. En la escena donde un “servicio” aparece en la sala de audiencias y Moreno Ocampo llama al secretario del juzgado para pedir que lo saque se pinta claramente una situación digna de ese momento, donde la soledad abrumadora para enfrentar el juzgamiento y el lugar de ruptura que le dieron los y las jóvenes que fueron convocadxs para armar ese equipo –y sus diversos motivos para ingresar allí– fue efectivamente un aspecto que dio legitimidad a ese heterogéneo proceso.

Por otra parte, las conversaciones que mantienen los jueces en torno a los escritos presentados por la defensa o el cuestionado discurso de Tróccoli, que evidencia la fuerza de la teoría de los dos demonios en aquella sociedad, están claramente marcados en el film. Y creo que hay un cuidadoso tratamiento de este aspecto, a pesar de haber leído varias críticas que apuntan a resaltar lo contrario. Hay una intención fuerte de recrear las condiciones de (im)posibilidad que marcaron la época, a pesar de las cuales se llevó adelante un juicio histórico, que escribió una sentencia también histórica y dejó una marca indeleble en nuestra sociedad, inaugurando un antes y un después en el territorio ético de nuestro país.

En ese sentido, pedir al film Argentina, 1985 una perspectiva netamente documentalista, sin poder abstenernos de una exigencia historiográfica que dé cuenta de todo lo sucedido, sin dejar nada por fuera, remarcando la trascendencia de los movimientos de derechos humanos, la lucha y diferencias en esa lucha de las Madres y Abuelas, los testimonios de los y las sobrevivientes, la exigencia de cancelar el humor que también recorre estos laberintos –sin el cual muchas veces sería inaccesible el trabajo con estos temas– sería pedirle a la película que abandone toda pretensión de hacer pasar a lo social la heterogeneidad de lo ocurrido, o sería intentar legislar el modo en que eso debe contarse para todxs.

Sin embargo, muchas veces el modo de hacer pasar a lo social la magnitud de lo ocurrido es velando algo, dejando algo por fuera, dar a ver sin mostrarlo todo, dar lugar a la interpelación y dejando que pulse aquello que nos interroga, como por ejemplo algunas preguntas que se escucharon a la salida de las salas de cine: “¿por qué yo no sabía todo esto? (como pronunció un joven) o “¿por qué yo no vi las audiencias si en esa época las pasaban?, ¿dónde estaba yo?” (en boca de un hombre que hoy rondaba los 60 años).

El retorno interpelante de aquello que fue rechazado en una época donde el solo hecho de ver algo ya era un peligro, donde el terror estaba aún intacto, donde la sociedad en su conjunto portaba el paralizante efecto de la desaparición reciente, abre las vías a estas preguntas, todavía y una vez más, en un nuevo retorno de lo traumático que no se deja escribir o, podríamos decir, que no cesa de no escribirse.

Muchas veces el modo de hacer pasar a lo social la magnitud de lo ocurrido es velando algo, dejando algo por fuera, dar lugar a la interpelación y dejando que pulse aquello que nos interroga.

Y en esas preguntas, aquel juicio hoy –y no en aquel momento– cobra un brillo singular. Es como si todas las salas hoy se convirtieran en aquella sala de audiencias y quedaran envueltas por el retorno de algo familiarmente desconocido. Incluso, en los países que no han pasado por la experiencia de juzgamiento de crímenes de Estado el efecto es similar al proyectarse el film.

Muy sorprendente me resultó que se asuma un tema tan caro –aún en los juicios que continúan desarrollándose y que sin aquel Juicio a las Juntas serían imposibles– como es el tratamiento que le da la película a las víctimas que, habiendo ingresado a los Centros Clandestinos de Detención como tales, fueron obligadas de manera forzada a “colaborar” –como si ese significante no fuera obsceno en este contexto– y que se muestran en su condición de víctimas. Se trata de una lectura tremendamente ética más allá de cualquier singularidad que pueda tener este tema, que desde ya continúa provocando algunas disidencias en el campo de los juicios. Creo que tomar partido por esa posición en una película que es divulgada por todo el mundo habla de una gran sensatez política y de un modo de asumir riesgos. De lavado, este film no tiene nada.

Sobre las críticas que se realizan ante la escena donde los fiscales les advierten a las Madres el planteo que realiza la defensa, solicitándoles que se quiten los pañuelos, y ellas, luego de debatirlo, deciden quitárselo –ante las palabras respetuosas de los fiscales que comprenden exactamente lo que les están pidiendo–, creo que no solo no habla de una claudicación –como leí por ahí que intentaba reflejar la película– sino que, por el contrario, se inscribe en una decisión única en el mundo –y que hoy constituye nuestro máximo legado ético– como fue la decisión complejísima, dolorosísima, que tomaron las Madres y las Abuelas junto a los y las sobrevivientes de asumir como prioritario el juzgamiento, no como renuncia a la lucha, sino como camino de una lucha que plantó a la Justicia en el centro de nuestra escena nacional como respuesta a lo traumático indescifrable que se acababa de vivir.

Muy sorprendente me resultó que se asuma un tema tan caro como es el tratamiento que da la película a las víctimas que, habiendo ingresado a los CCD, fueron obligadas a “colaborar”. De lavado, el film no tiene nada.

Muy sorprendente me resultó que se asuma un tema tan caro como es el tratamiento que da la película a las víctimas que, habiendo ingresado a los CCD, fueron obligadas a “colaborar”. De lavado, el film no tiene nada.

Es cierto que no todas las Madres tomaron esa decisión, pero en lo que deja entrever la película creo que da lugar a esas disidencias. No es una perspectiva monolítica. Creo que hay un esfuerzo en mostrar las tensiones en sus diversos planos.

La merecida reivindicación de aquellas y aquellos jóvenes que fueron pilares de las investigaciones que se recabaron y rescataron a lo largo de todo el país1, y que continúan hasta el presente en los juicios, es muy justa. Así se constituyeron realmente esos equipos, y quien conoce los pasillos de los juzgados y fiscalías sabe que lo que cada una y cada uno dice en las entrevistas es fiel a los modos en que se conforman muchos de los equipos dentro de la Justicia. Hasta el detalle de la secretaria de Strassera marcando la cancha de quién trabaja para quién también es un signo leal de las estructuras estatales con las que se lidia.

Con todas esas contradicciones, complejidades, heterogeneidades, se pusieron en marcha los juicios, y quiero remarcar que no fueron sin ellas y que aquellas y aquellos jóvenes estudiantes de derecho o recién recibidos marcaron un antes y un después no solo en la historia argentina sino en la historia mundial del NUNCA MÁS.

Escena de la película en que Strassera -Ricardo Darín- les pide a las Madres de Plaza de Mayo si pueden quitarse los pañuelos, antes las presiones de la defensa de los genocidas.

Mi pregunta final es ¿cómo en un país que ha pasado –y pasa– por ese enorme proceso de memoria, cuya dimensión política hoy se reactualiza, se ha constituido en los últimos años en el país con menor credibilidad en la justicia de toda América Latina? Ese proceso de memoria, verdad y justicia se convirtió en un norte de referencia mundial y, a la vez, no logró impregnar a los demás procesos penales de la misma lógica. A eso lo llamo “nudo traumático a descifrar” de la Argentina.

Con todas esas contradicciones, complejidades, heterogeneidades, se pusieron en marcha los juicios, y quiero remarcar que no fueron sin ellas.

Quizás, a la inversa de cosas que he leído en estos días, como que esta película podía favorecer un deslizamiento hacia la aprobación del escandaloso proceso judicial contra Cristina Fernández de Kirchner, retorne algo de la dignidad de aquel momento histórico. Y de la valentía de las y los sobrevivientes que, apenas sucedidos los hechos y con las fuerzas armadas y de seguridad activas, se enfrentaron a todo ese terror intacto y aun así, sin garantías, dieron sus testimonios.

Han pasado casi 50 años de los hechos y, como señala Enzo Traverso, no fue durante Auschwitz donde ocurrieron las cámaras de gas sino 50 años después, cuando la sociedad estuvo dispuesta a escuchar lo que había sucedido. Tal vez los efectos que provoca esta película estén dando cuenta de algo de ello.

Hablar de ética en este campo es poner en interrogación aquello que Améry se preguntaba frente a la arrogancia del tiempo en el libro ¿Por qué recordar? Allí, el jurista Garapon dialoga con Améry y dice: “¿Hay poderío mayor sobre la naturaleza que el de invertir el curso del tiempo, que pretender que aquello que sucedió, ya no existe? ¿No se produce en el mismo acto de justicia la inexorable actualización de la injusticia?”.

Si tiramos de este hilo, quizás podamos pensar algunos de los efectos que está mostrando este film.

1) Hay que recordar que tanto las y los sobrevivientes como los diversos organismos de derechos humanos de todo el país habían recabado contundentes pruebas que debían guardar y resguardar en lugares que estuvieran a salvo de allanamientos, inundaciones, robos, etcétera. Y que en muchas provincias el terror y el silenciamiento social, intacto en esos años, junto a la proximidad o vecindad con los torturadores (producto de la impunidad reinante), hacían imposible dar testimonio sin volver a jugarse la vida en ello. En ese sentido, es contundente la escena donde Strassera reconoce ante un testigo que no pueden garantizarle la vida hasta que los genocidas no estén presos. (22-10-22).

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