Esto pasaba hace 5 años: mención del diario La Nacion a una empresa en la que se desempeña un dorreguense

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Así lo informó LA DORREGO el 12 de julio de 2013:

Se trata de la empresa Lainco Software. Uno de los socios es el dorreguense Andres Taján. Este es el artículo completo que publicó el diario La Nación, cuya autor es Nora Bär.

A lo largo de su extensa carrera, Fernando Goldbaum, inmunólogo y biólogo molecular, publicó trabajos en las más importantes revistas internacionales, se convirtió en jefe del Laboratorio de Inmunología y Microbiología Molecular del Instituto Leloir, y ganó prestigio entre sus colegas del país y del exterior. Pero hace un par de años se animó a explorar un mundo diferente: formó una empresa para explotar tecnologías desarrolladas en su laboratorio para el diseño de vacunas de última generación y de anticuerpos terapéuticos, es decir, que ayudan a reforzar la propia respuesta inmune del organismo. La compañía, llamada Inmunova, ya patentó una plataforma para el desarrollo de estos prototipos y atrajo el interés de importantes inversores. “Estamos trabajando en una vacuna para la brucelosis y en un anticuerpo contra el síndrome urémico hemolítico”, cuenta Goldbaum.

No hace tanto, Goldbaum hubiera sido una rara avis en el sistema científico local, histórica y culturalmente inclinado a la ciencia básica hasta tal punto que cualquier participación de un investigador en el mundo productivo era vista con desconfianza. Pero ideas aceptadas en todo el planeta sobre la importancia del conocimiento como motor de la economía, sumadas a un conjunto de medidas de estímulo y al decidido cambio en las reglas y sistemas de evaluación del Conicet, están contribuyendo a que cada vez más los investigadores se animen a convertirse también en emprendedores.

“Lo que hicimos fue adecuar la normativa para que esto sea totalmente natural -explica el ingeniero Santiago Sacerdote, vicepresidente de Asuntos Tecnológicos del Conicet-. Hoy, un investigador puede armar una empresa que explote una patente u otorgue una licencia sobre una tecnología, ser asesor científico de una compañía o poseer una parte del paquete accionario. En todos los casos, hay un convenio entre el Conicet y la empresa. Nosotros identificamos esos proyectos y los incluimos en el Banco de Desarrollo Tecnológico y Social. Las apoyamos con infraestructura, con recursos humanos, con respaldo institucional, a cambio de un porcentaje menor de las ganancias.” Por su parte, el científico puede elegir si desea ser evaluado por sus trabajos básicos o en el marco de un proyecto tecnológico.

Ya hay diez casos en los que el Conicet acordó con un grupo emprendedor la creación de compañías startup para desarrollar productos que van desde el Factor IX recombinante (una proteína involucrada en la coagulación, que es vital para los hemofílicos y será producido para sustituir importaciones por Biohemo, surgida del Laboratorio de Hemoderivados de la Universidad Nacional de Córdoba), hasta baterías de litio.

Los ejemplos se multiplican en todo el país y ya configuran un verdadero fenómeno, cada uno con sus particularidades.

Muchos emergen de las “incubadoras de empresas” que albergan diversas facultades. Una de las pioneras, es Incubacen, la de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, que este año cumple 10. “Colabora, a través del apoyo a iniciativas emprendedoras de la comunidad de alumnos, docentes y graduados de Exactas, a la puesta en valor del conocimiento y al fomento del emprendedorismo”, cuenta su creadora, Laura Pregliasco. Desde 2003, Incubacen recibió más de 200 proyectos, entre los cuales recibieron el respaldo intensivo institucional alrededor de 90. Como una muestra de las dificultades que plantea esta actividad, baste con mencionar que de estos 90, sólo 9 llegaron a constituirse como empresas.

“Cabe destacar -explica Pregliasco- que Incubacen sólo acepta proyectos en los que participe al menos un alumno, un docente y/o un graduado de Exactas, y que debe poseer base tecnológica. En estos últimos dos años y medio, a través de la gestión de su nuevo coordinador, Ezequiel Litichever, mejoramos significativamente la definición del foco de la incubadora, los procedimientos de selección de proyectos y los procesos de acompañamiento.”

Entre los casos de éxito de Incubacen puede mencionarse, por ejemplo, EcoClimaSol (www.ecoclimasol.com), una compañía que ofrece herramientas para optimizar la rentabilidad de las empresas mediante el manejo adecuado del riesgo climático (cruza datos esenciales para el negocio con información climática georreferenciada).

Otros son Lainco Software (www.laincosoftware.com), que brinda soluciones automatizadas y de gestión de la información para procesos productivos e industriales, y Tolket (www.tolket.com.ar), una compañía que ya puso en valor varias patentes del sistema nacional de innovación.

No todos los científicos que se lanzan a esta aventura son investigadores del Conicet reconvertidos. Biotecnóloga egresada de la Universidad Nacional de Quilmes, Cintia Hernández siempre supo que su lugar no estaba en la investigación académica, sino en la actividad productiva. Junto con Sebastián Calvo, al que conoció mientras estudiaba y tenían 25 y 23 años, respectivamente. Desarrollaron un proceso único en el mundo para la producción de huevos de artemia, un alimento para la acuicultura. “Vimos que la producción de organismos acuáticos en cautiverio era una industria que estaba creciendo al 20% anual desde hacía diez años. Nos pareció un mercado interesante, pedimos una línea de financiación del Ministerio de Ciencia y Tecnología, y fundamos Biosima SRL, una compañía que cultiva estos huevos de forma sustentable y amigable con el medio ambiente”, recuerda Hernández.

El bioquímico y doctor en biología molecular Hugo Menzella estaba trabajando en San Francisco, Estados Unidos, cuando en 2008 regresó al país para incorporarse al Conicet mediante el programa de repatriación. “Apenas llegué, empecé a buscar oportunidades para desarrollar enzimas (proteínas que catalizan o aceleran reacciones químicas) -cuenta-. En ese momento era el boom del biodiesel y se me ocurrió aplicarlas a la eliminación de impurezas del combustible. Además del financiamiento tradicional, me asocié con un ex compañero, Leandro Vetcher, y junto con él pudimos obtener financiamiento privado. Iniciamos los desarrollos en 2011 y ya armamos un equipo de trabajo que incluye a varios investigadores del Conicet.” Keclon, como se llama la empresa, ya obtuvo 21 enzimas con capacidad de remover el 100% de un tipo de impurezas del biodiesel. Por un convenio, la Universidad Nacional de Rosario y el Conicet recibirán regalías cuando se comercialice el producto. “Tenemos la posibilidad de instalar una planta de producción o licenciar las patentes -detalla Menzella-. Con un fermentador de 10.000 litros podemos abastecer la demanda de la Argentina y Brasil.”

A pesar de estos y otros logros, todavía queda mucho camino por recorrer. Para Pregliasco, para “infectar” a los investigadores con el virus del emprendedorismo hacen falta recursos humanos que los acompañen. “No se puede hacer gestión de la innovación sin recursos humanos capacitados”, explica. Mientras tanto, el entusiasmo de los que ya se animaron puede servir de estímulo. Como dice Goldbaum: “Es muy reconfortante ver que ideas que uno concibe pueden servir a los demás. Y que personas que se formaron acá encuentren trabajo haciendo ciencia de gran nivel en el país es una satisfacción no menor”.

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